
EL POETA
Valorados en su totalidad, los campos léxico y sintáctico que usa en sus textos se revelan inconformistas y lúdicos: ponen en un brete la seriedad clasicista, lo cual no significa que el autor no acuda ni al rigor erudito ni a los guiños culturalistas, que sí se atraen, pero sin dejar de primar una dimensión verbal que le fascina, la del tono seco y abrupto, vulgarizante si se da el caso, obsesivamente repetitivo (razón, fe, vivir, pena, silencio, palabra, cansancio, muerte, destino, sufrimiento o alma son términos que no cesan de asaltar los versos de Cardín), inconexo otras veces, con un desmedido gusto por la frase corta y sin color adjetivo; un decir comprimido casi en axiomas y no demasiado preocupado por la corrección ortogramatical, ya que, por ejemplo, escribe «trasportes» en vez de «transportes», no atiende a las concordancias de manera ortodoxa y le hurta al discurso innumerables signos de puntuación, cuando no los dispone de modo anárquico, para liberar, supongo, la lectura de dirigismo u obligar al receptor a realizar su propio ajuste.
En sus nada convencionales poemas, se combina el deje sentencioso con la interrupción salmódica. Poseen una aureola de misterioso desorden y, en unas ocasiones con más acierto que en otras, someten a tensión a lo que entendemos por edificio poético, de modo que, para aquellos que no gustan de mirar con ojos distintos a los suyos, lo que ofrece el poeta asturiano puede pasar por descuidados ejercicios o por redundancias ininteligibles, debido al peso filosófico que las genera, cuando es probable que no sean más que estrategias para descentrar el eje del poema, haciendo que la idea principal, a través de las reiteraciones, se disperse por todos los recovecos y orificios del texto. El poeta desea ventilar la estancia en la que se amasa la obra de arte, quiere que no hieda a producto caduco: «Salir, / tender siempre, protender, / pretender salir del círculo vicioso, / evitando lo mismo en la palabra / la redundancia ciega, día a día, / cotidiano manjar que quita vida, al tiempo que la otorga».
Habla en sus poemas Cardín desde el presente y rehúye los posibilismos acerca de lo que el futuro, incluso el inmediato, puede depararle: «No hablar / de lo que no ha de ser / ha de ser tan pronto / que no hay palabra que baste / a designarlo / ni recurso que pueda / describirlo». No son anecdóticas en su poesía las reflexiones sobre la agotadora función de la escritura, ya que piensa que sólo ejercitándola se logra no dejar de existir, aunque sea momentáneamente: «Escribir para no morir / tarea idiota que odio / placer que sólo da trabajo // el tiempo de llenar un papel / es tiempo ya de muerte / y lleno sólo tiende / un puente en el vacío». La lucha en la que le inmersiona el acto creativo, con sus dosis de desengaños y trampas, a las que contrapone su empeño por el brote de la novedad, queda expresada así: «En la esperanza perezco, / en el engaño muero, / en la tensión me agoto, / en el intento cedo, / previniendo no cejo, / atacando sostengo / lo poco mío que aún resta en la ilusión / y creo creer / que creo algo de nuevo».
El desasosiego existencial, que a veces se podría confundir con una actitud nihilista, se manifiesta en Cardín en una dialéctica del binomio vida-muerte de crucial importancia, como demuestra la cuarteta que coloca en el dintel o pórtico de su primer poemario: «Mejor avío que esto / hiciérame el silencio / si el tiempo se agotara / con sólo desearlo». La pugna o convivencia del principio y final de la realidad tangible aparecen en su obra poética despojadas de simplificaciones y con más semejanzas que divergencias: «Si indigno es el vivir, / no es más digna la muerte: / es el fin / donde la dignidad de sí / pierde toda importancia». Muerte y vida son, para él, estadios que no se dan aislados, se interfieren, su descompensación es la fuerza motriz del desaliento: «Muerta, / la mano muerta, / la vida muerta, / la pasión exhausta / y yo aún vivo». Y vivir no es ninguna bicoca para el personaje que habla en los poemas de Cardín: «No me oculto a los ojos del destino, / pues éste ya me tiene condenado / a padecer la vida». Son los dos extremos de un hilo que, para el asturiano, se complementan y retroalimentan y ninguno de los cuales retiene toda la trascendencia, pues su espíritu vitalista se impone sobre la resignación cristiana: «Morir bien poco importa / puesto que importa todo / Saber cómo colmar la propia vida / vacía de sentido / cómo entretener la tarda / llegada de la muerte / Sólo eso importa».
El suicidio queda igualmente contemplado. Está el acabamiento voluntario por rechazo del cuerpo a causa de la invalidez: «Quiso morir / y el cuerpo, mecánico, se negó por costumbre. / Sin fuerzas para maldecir / se tiró del lecho / y comenzó a andar / a cojas: / no por vivir, se dijo, / el cuerpo sirve de algo». Pero también el suicidio sin prisas ni atajos, como feliz camino que habrá de culminar en dicha: «Dame la copa y que no sienta nada / sea ir muriendo mi muerte poco a poco / y al cierre no será el dolor sentido / un tránsito será, casi una gracia». Otra modalidad que refleja sería una especie de suicidio pasivo, esa muerte anhelada y que no llega cuando más se desea: «Nunca acecha, aguarda, / es tardona, mezquina, / lerda, torpe y haragana, / no llega nunca a tiempo / para quien la llama».
En este breve recorrido por las insistencias cardinianas espero que el poeta nos haya ofrecido unas cuantas pruebas de lo injustificado de su apartamiento del repertorio poético asturiano.





