No existe mejor escafandra para ocultar lo peor de nosotros que la muy amarga cal de la decencia. De la decencia oficial y correcta, no de aquellas normal éticas capaces de construirnos como seres voluntariamente humanos, sometidos a contradicciones enfrentadas a herida abierta. Cada día me producen un vértigo mayor las excelentes personas de probada decencia social. Prefiero la tragedia de un Bruto estoico preocupado por la República romana, capaz de asestar una puñalada al mismísimo César en nombre de la libertad republicana, mucho más respeto que los cortesanos con larga lengua aduladora del tirano.
¿Qué habría sucedido si la decente y ciega voluntaria esposa hubiera gritado ante la falsa fuga de su hija, si hubiera enfrentado la decente postura del marido; gritado hasta que sus protestas rompieran los muros del sótano donde la encarceló el decente padre? Un padre de apostura casi militar, formación universitaria, que, a buen seguro, pagaba los impuestos con la misma sonrisa ladeada con que compraba billetes para sus vacaciones sexuales al Tercer Mundo.
Ante tanta respetabilidad, tanta normalidad y una apariencia tan correcta, ni a la cajera del súper se le ocurre sospechar: los monstruos tienen otro color de piel, otras costumbres, otras religiones; son incultos, fanáticos, esencialmente pobres y viven entre escombros y basuras. Este pájaro de correcto aspecto jamás estará bajo sospecha en una sociedad donde nos crecen, a diario y a plena luz, las barbas de un nuevo fascismo con pinta civilizada, xenofobia en traje de marca y nueva derecha ecléctica, o sea, entre Mussolini, la patria segura y sin extranjeros miserables y los buenos subidones en Bolsa.
De vez en cuando, los monstruos que alimentamos bajo estricta vigilancia entre conservadoras fórmulas de correctísima conducta asoman por las grietas de nuestras cloacas y salimos a la calle, escandalizados, llorosos, con flores y velas Para seguir defendiendo la misma decente fórmula social. Las víctimas sirven para un buen libro con teoría social del comportamiento, ya saben, de los que alimentan guiones de series televisivas.





