Sorprende, por tanto, un reciente estudio de la Universidad donde se habla de sectores emergentes y de lo mucho que la iniciativa privada ha aportado en esta región gracias a la reconversión. Sinceramente, si de algo adolece nuestra economía es precisamente de eso: de la falta absoluta de una iniciativa privada potente como existe en otros lugares. Es más, el hueco que dejó atrás la obsoleta industria de los ochenta nunca fue rellenado por la misma, si no que, bien al contrario, tuvo que ser suplida por la ingente cantidad de fondos provenientes tanto de Europa como del propio Gobierno central. Estamos, pues, ante toda una contradicción que debería cuando menos explicarse dentro del propio estudio. Si tan bien llevada estuvo la reconversión, ¿por qué se jubiló a miles de trabajadores y no se les dio otro puesto de trabajo? ¿Por qué zonas como las Cuencas se fueron despoblando ante la falta de trabajo para quienes allí vivían?
Paraíso pobre. Sin embargo, todo este discurso de una Asturias rica que quiere superar incluso a la propia España en cuanto a crecimiento y renta, parece venirse abajo cuando hablamos del Estatuto. Ahí, nuestros gobernantes se muestran timoratos y, cuando el tema a debate es sobre la financiación, no se cortan en reivindicarnos como una autonomía pobre. Es más, buscan hasta formar un frente común con otras que también conservan el mismo discurso para, cuando menos, presionar al Gobierno y respetar los mecanismos de equilibrio interterritoriales que tanto han contribuido a nuestro crecimiento. Si, como se dice en otros foros, somos una comunidad emergente que cada día va a más, ¿por qué no formar con equipo con aquéllos que quieren depender más de sí mismos y menos de la redistribución externa de la riqueza? Parece, digo yo, un contrasentido que para ciertas cosas saquemos pecho y para otras no. Es, si quieren, parte de nuestro sino ya que, siempre, históricamente, preferimos que nos aportaran el dinero desde fuera antes que tener que buscarlo por nosotros mismos.
Y es que, vuelvo al principio, la economía asturiana no se puede entender de otra forma que no sea en relación a su dependencia de la ayuda ajena. Digan lo que digan los estudios universitarios, en pocas ocasiones nos hemos sustraído a esta fórmula y ya sea en los años sesenta y setenta, con la gran empresa pública, o dentro de los años ochenta y noventa, con la ingente cantidad de fondos empleados en la reconversión, o a base de grandes obras públicas, como en la época más reciente, el motor de todos nuestros cambios ha sido exógeno. Y en lo que se refiere a nuestra financiación como comunidad, parece que las cosas van a seguir igual.





