Hace años, cuando les entró la fiebre europeo-peatonalizadora a los municipios de la cuenca del Nalón, con Langreo a la cabeza, ya este modesto columnista advirtió de que, pese a la alegría de ciertos comerciantes que mantenían sede en las zonas afectadas (decían, inocentes, que la gente pasearía y se detendría y que, así, aumentarían las ventas), peatonalizar significaba eliminar una de las mayores comodidades de que disfrutábamos los compradores, a saber: llego frente a la tienda en coche, entro un instante, merco lo que haya que mercar y me voy. Después de eliminar viales para automóviles en Sama y La Felguera, y de hacer lo propio con muchas plazas de aparcamiento, esa sencilla operación, que le tomaba al comprador comodón (casi todos) dos o tres minutos, ha pasado a llevarle media o una hora. En aquella época todavía no existía la gran superficie de Carrocera, pero se veía venir, y también este modesto opinador dejó dicho que allí sí que habría dónde aparcar, sin limitación y de forma gratuita. Y a la vista están los resultados.
Tal vez la tercera edad manifieste menos niveles de colesterol y tal vez se vean más paseadores por las zonas que antes eran feudo automovilístico, pero cuando deseamos comprar de verdad, incluso tomar un refrigerio, buscamos un sitio en el que no sólo sea fácil y gratis aparcar, sino que también sea accesible para quienes vamos montados sobre las cuatro ruedas, que para eso están.
Lo curioso es que, como siempre, hayan de ser sesudos estudios (de sindicatos, unas veces, otras de la Universidad, y, ahora, del ayuntamiento, cosa que, imagino, le habrá supuesto al erario público un buen precio a pagar) los que tengan que dar la razón a aquello que cualquier ciudadano normal, con un poco de sentido común, ya había visto hace años.





