La muerte de Calvo-Sotelo ha servido para recordar su figura y su trayectoria, con particular detenimiento sobre el periodo en que ocupó la Presidencia del Gobierno. Es difícil hablar sobre el pasado haciendo abstracción del presente, así que todas las reflexiones sobre Calvo-Sotelo tuvieron algo que ver, aunque fuese de forma siempre tácita, con la actual derecha española. Desde el mediodía del pasado sábado, cuando se tuvo conocimiento de su muerte, toda la izquierda alabó la labor de Calvo-Sotelo, y aprovechó para añorar la vuelta a la escena de una derecha que sea moderada, dialogante, capaz de llegar a acuerdos, etcétera. Un discurso fúnebre ligeramente interesado, que da pie a una reflexión.
Los partidos políticos de la transición y sus dirigentes guardan bastante semejanza con los de ahora, pese a las aparentes diferencias. Si la izquierda y la derecha llegaban a acuerdos, entonces, es porque el contexto era radicalmente distinto. En el caso de la izquierda, la memoria de la guerra civil moderaba sus actitudes. Decir que Carrillo o Felipe González, al igual que sus organizaciones, practicaban la reconciliación, es algo fácil de entender. Sin embargo, Calvo-Sotelo, al igual que Suárez, gobernaban desde la moderación y para la reconciliación, sin un ideario que defendiese esa política, sin apenas estructuras partidarias, sin el reconocimiento de los medios de la derecha. Los marxistas, que tienen explicación para todo, tienen una receta para estas coyunturas de la historia: la burguesía sabe adaptar su estrategia para mantener sus intereses en democracia. Palabrería. Hay un momento en que los líderes de la derecha en la transición sintieron el drama de Tomás Becket, y fueron fieles al pueblo.





