A los primeros le resulta difícil conciliar intelectualmente la laicidad del Estado con el impacto social que conllevan las creencias religiosas. Pero su actitud es respetuosa con la religión, al menos en cuanto legítima expresión de la libertad personal. Quizá les cuesta trabajo entender que la fe signifique algo importante, incluso vital, para millones de personas, pero lo respetan y son capaces de convivir con el hecho religioso y sus manifestaciones sociales; o quizá sí que entienden el valor subjetivo de las creencias religiosas, pero, desde su particular interpretación de la historia, consideran necesario proteger la esfera política respecto de lo que juzgan amenazantes intromisiones.
Los laicistas sectarios, en cambio, participan del lado más oscuro de la degradación religiosa: el fanatismo político. El laicista fanático comparte con el creyente simplón su visión mítica de la política; es decir, la creencia de que todo se resuelve en clave política y la tendencia a personificar los males en un colectivo humano, al que, desde el resentimiento, se le culpa de todo lo malo y al que, por tanto, hay que exterminar socialmente. Resentidos de un bando y otro se confunden siempre acerca de lo que ocurre. No dejemos que nos engañen.





