
Entonces, cuenta Carantoña, aquellas líneas salieron a la luz en el momento en el que «unos regimientos asturianos iban a luchar fuera de Asturias, para defender 'el sagrado estandarte de la libertad'». Aparte de esta motivación para nombrar la ponencia ofrecida ayer en el Antiguo Instituto de Gijón, Carantoña habló de lo sucedido en Asturias doscientos años atrás, destacando lo acontecido los días 5, 9 y 25 de mayo, «las tres fechas fundamentales» de las rebeliones acontecidas en Oviedo y en Gijón.
«Aquel levantamiento fue, ante todo, un síntoma del descontento popular que había en España y también en Asturias por lo que estaba sucediendo», precisa el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de León. Muestra de la tensión que había en el ambiente y por los rumores, asegura Carantoña, «cualquier incidente concreto era capaz de provocar un estallido de protesta». Y así ocurriría finalmente el 5 de mayo.
Según cuenta el historiador, entre las cinco y las seis de la tarde de ese día, el cónsul francés -que vivía en la calle Corrida- recibió unos folletos que estaban promovidos por «los 'servicios secretos' o de propaganda de Napoleón». Entonces, «el cónsul los distribuye dentro de la campaña a favor de que Napoleón intervenga en los asuntos de España y decida sobre la crisis dinástica». Sin embargo, la gente reacciona de forma contraria a lo previsto, dado que se interpretará «como una injerencia de los franceses y un ataque a Fernando VII y a los intereses españoles». Finalmente, y a causa de aquello, el pueblo actuará apedreando la casa del cónsul.
Dos horas
Aquel primer motín, del que no se conoce su duración exacta -en torno a las dos horas-, se resolvería «cuando el juez primero de Gijón, Toribio Junquera, acudió y pidió apoyo a la fuerza armada». Pese a que la calma pareció instaurarse, «las noticias llegaron a Oviedo y éstas parece que contribuyeron a caldear el ambiente».
Los días pasan y el tiempo se consumirá hasta el 9 de mayo de 1808, cuando se producen las segundas revueltas asturianas, tras conocerse los acontecimientos que se habían producido en Madrid (los sucesos del 2 de mayo) y la represión posterior. Ante la cita, rememora el historiador asturiano, «la reacción del pueblo de Oviedo es de indignación, y tanto en la capital como en Gijón se opondrán a la publicación de los bandos y de las órdenes de gobierno». En Oviedo, bajo su abrigo de centro neurálgico en el que está radicada la Junta General, el levantamiento tendrá «una mayor dimensión, y la gente presiona para que se adopte la decisión de comenzar el armamento de las tropas y de enviar emisarios a las provincias vecinas para organizar una resistencia». Carantoña, que califica la reacción de «temporal», pues dura cuatro días, mantiene que la Junta se ve obligada a dar marcha atrás, lo que dibuja en el ambiente un cierto clima de «normalidad».
La acción de los patriotas resurgirá días después, una vez se confirman «las abdicaciones de Bayona y la convocatoria de Cortes». La noche del 24 y madrugada del 25 de mayo serán cruciales. Se organiza el levantamiento «definitivo», que marca una diferencia con respecto a los antecedentes. «Los del 5 y el 9 son espontáneos y populares, mientras que el levantamiento del 25 está preparado por un comité de patriotas», afirma el historiador, que destaca su condición de «golpe organizado».
A partir de ahí, Asturias reivindica su papel como testigo de la Historia, con acciones como la declaración de guerra a Francia.





