
Con tan sólo 24 años realizó su primer grabado. Lo hacía en los talleres de Manuel Castro Gil y cuentan que no sin cierta dificultad, una dificultad que fue superando a fuerza de trabajo y pasión.
Desde aquellos lejanos cuarenta hasta su muerte no paró el pintor de hacer honores a las diferentes técnicas gráficas. De hecho, su última obra fue precisamente un aguatinta, creada para la colección asturiana de Museo Vivo, y que se expone ahora en esta colección, bajo el título 'La soledad del perro'.
La exposición que ahora se presenta y que reunirá, de nuevo, a su familia en el museo, cuya estructura proyectó su propio hijo, Jose Antonio Galea, exhibirá obra de las décadas 70, 80, 90 y de 2000, principalmente. Tauromaquias, retratos, como el homenaje a Velázquez, y sus dramáticos espejos del horror ocuparán sus paredes asturianas hasta el 20 de julio.
Se ha encargado de esta exposición el experto Luis Rubio Gil y con él la directora del Barjola, Lidia Santamaría, quien también se implicó muy directamente en el primer homenaje póstumo al creador extremeño, que tras inaugurarse en el IVAM de Valencia, llegó con todo su esplendor a las salas de Gijón.
Colección viva
Hijo adoptivo de Asturias en 1987 y de Gijón en 1994, Juan Barjola donó a esta tierra, de la que era su mujer, toda la colección que ahora integra su museo y de la que partió la idea de su construcción. La exposición permanente que cuelga como un tributo continuo y que sólo se levanta dos veces al año por acontecimientos expositivos muy extraordinarios, fue creciendo con nuevas piezas salidas, en vida del pintor, de su propio taller. Barjola se preocupó personalmente de que el fondo asturiano no tuviera lagunas, algo que al principio tuvo sus complicaciones, dado que de una etapa en concreto, los años 70, no había quedado en su estudio casi ninguna obra. Los coleccionistas se las quitaban de las manos.
Sin embargo, el pintor se ocupó de que también esa etapa quedara cubierta en el equipamiento de Gijón, donde hoy no hay un sólo momento de su recorrido por el expresionismo, que fue evolucionando a una cierta abstracción, hasta reafirmarse en su vocación neofigurativa, que haya quedado sin representar.





