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Hambre
07.05.08 -

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LA reciente y brutal subida de los precios de los alimentos básicos, sobre todo en los países más pobres donde la alimentación supone el 80% o más de los ingresos del ciudadano, nos lleva a reflexionar sobre un fenómeno que no deja de producirse y que a los países ricos apenas si nos escandaliza. A saber, siempre salen perdiendo los ciudadanos de los países más pobres. Hoy son 100 millones los que están en peligro de inanición.

Los analistas políticos aducen muchas razones para esta subida del arroz y de los cereales que constituyen un tanto por ciento muy elevado, la casi totalidad a veces, de la dieta de esos países cada día más empobrecidos. Una de ellas es el cultivo a gran escala, aquí y allí, de cereales que debidamente tratados se convertirán en sustitutivos del petróleo.

Otra, la funesta política agraria de nuestros países, donde grandes extensiones de terrenos cultivados se dedican hoy a productos agrícolas subvencionados por la Unión Europea, que sólo exige certificado de plantación pero ni de recolección ni de comercialización, o las construcciones masivas en terrenos de antiguas y portentosas huertas. Ambas han provocado un cambio espectacular en nuestras políticas agrarias con la consecuente importación de cereales y otros productos agrícolas.

Del mismo modo, la venta a los países ricos de los productos cultivados en los países más pobres apenas puede aspirar a beneficios, ya que la mayoría están gravados con altísimos aranceles para que podamos defender lo poco que seguimos cultivando. Una causa más, que junto con la falta de ayudas a la agricultura que padecen, desincentiva al pequeño agricultor y favorece a las poderosas multinacionales siempre afines a las políticas de los países ricos: que también los más pobres se vean obligados a importar el grano necesario para la alimentación del país, a precios exorbitantes.

Habrá muchas más razones que casi siempre permanecen ocultas durante años, como la ineficaz política agraria del Fondo Monerio Internacional, de la que hasta hoy no se han hecho eco los medios. Difícil será ahora dar marcha atrás en el error y más aún encontrarle a corto plazo una solución.

Así, aunque nosotros también nos quejamos, son ellos, los mismos países pobres que en los siglos XIX y XX hicieron ricas a sus metrópolis, los que hoy pagan una vez más los descalabros de nuestras políticas neoliberales y de la tan ensalzada globalización restringida a los ricos y poderosos. Aunque, como ya se va demostrando, tampoco en este insolidario sentido acaban de funcionar.

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