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OPINIÓN CARTAS
Leopoldo Calvo-Sotelo
07.05.08 -

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Entre todos los jefes de Gobierno de la democracia es el más olvidado hasta el punto que parece universalmente despreciado. Utilizando un símil futbolístico se parece a esos jugadores que por compromiso salen al campo cuando faltan sólo dos minutos y que en las crónicas deportivas no merecen siquiera calificación, con la caritativa disculpa de que prácticamente no pudieron siquiera tocar el balón. De hecho, en la clasificación de los políticos recientemente publicada, sólo un alma solitaria se acordó de él, mientras que todos los demás -socialistas, populares, centristas y comunistas- disfrutaban de un amplio reconocimiento.

Frente a este general dominio de los tópicos, Ortega desconfiaba de los personajes que tienen buena prensa y por el contrario defendía a todos los malditos de la Historia. Algo parecido hacía en clave de humor Jardiel Poncela. Llevar la contraria al consentimiento universal posiblemente es un peligro, pero con toda seguridad es mucho más divertido, despierta el espíritu crítico y ofrece buen argumento para una tertulia de café, para un artículo de periódico o para un chat. Sirva todo esto de introducción y disculpa para mi impertinencia a la hora de rendir homenaje a figura tan impopular.

Ahora que lo pienso, la cosa es más fácil de lo que parecía en un principio. El comienzo de su mandato coincide nada menos que con un golpe de Estado que interrumpió -aunque sólo fuese por unas hora- una vida civil normal en España. La primera tarea de Calvo-Sotelo consistió en dar salida a aquel desaguisado, pero consiguió torearlo por el único procedimiento: no cambió casi nada el Gobierno, practicó inalterable un continuismo político, evitó cualquier publicidad y la consecuencia de todo ello fue que, al cabo de pocos meses y a pesar de su innegable espectacularidad, aquel incidente parecía tener fecha de comienzos del siglo XIX.

Al cabo de dos años escasos, los socialistas alcanzaron la mayoría absoluta y el gobierno. Aparentemente, aquello fue una estrepitosa derrota del centro, y lo que entonces se llamaba Alianza Popular se encargó de jalearla y festejar de paso su llegada a la oposición. No se dieron cuenta de que en medio de esa peripecia política Calvo-Sotelo pudo protagonizar un momento decisivo; por primera vez en toda la historia de España se practicaba de forma pacífica la alternancia de poder, lejos ya de la pantomima de la Restauración y de los conflictos del 34 y el 36 entre las derechas y las izquierdas. Fernández Miranda -otro de los grandes olvidados de la Transición- decía que ésta sólo estaría completa cuando llegase el momento de un traspaso normal de poderes.

En esos dos años -que van de un golpe de Estado a la llegada tranquila de la oposición-, el Gobierno, mirando a la integración en Europa, tomó la decisión más difícil y más impopular, ingresando en la OTAN, el aparato militar en el que entonces descansaban las democracias occidentales. Que era una medida inevitable bien lo demostraron después los apuros y las acrobacias de Felipe González para corregir su primera cerrada resistencia. Con otra ley, también impopular a escala regional, quiso poner orden y claridad en el lío de las autonomías y a ella se debe que el actual embrollo no sea un ¿Viva Cartagena!

Volviendo a la comparación con el fútbol, don Leopoldo Calvo-Sotelo es efectivamente un jugador que estuvo sólo dos minutos en la cancha, pero en esos dos minutos escasos, aunque salió lesionado, metió tres goles, el final de una chilena, lo cual, si bien se mira, no está del todo mal. Dando un salto desde el deporte a la filosofía, su acción de gobierno y luego su olvido me traen a la memoria una sentencia del Tao-te-kin, que cito desde el final al comienzo para dar más emoción al asunto.

«Los jefes más pequeños son despreciados. Los un poco más grandes, temidos. Los más grandes todavía, adulados y amados. Y los más grandes de todos, desapercibidos».

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