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OPINIÓN EDITORIAL
Obligada ingerencia
07.05.08 -

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EL reconocimiento oficial por parte de la Junta Militar birmana de más de 60.000 víctimas, entre muertas y desaparecidas, a causa del ciclón 'Nargis', da cuenta de los devastadores efectos de una catástrofe natural cuando arremete contra una población empobrecida, indefensa y desinformada. La acusación lanzada por la ONU, imputando a los dictadores una gran parte de responsabilidad en lo ocurrido por no haber alertado a la ciudadanía del inminente peligro, constituye una denuncia que ni los ocho militares que gobiernan Myanmar pueden des- oír, ni la comunidad internacional debe hacer pública sin actuar en consecuencia. Las necesidades de emergencia resultan hoy tan abrumadoras que Naciones Unidas y los organismos de cooperación dependientes de los distintos gobiernos no tienen otra tarea más inmediata que la de asegurar una distribución urgente y eficaz de la ayuda con el fin de evitar que el ciclón llegue a cobrarse más víctimas como consecuencia de los problemas de salud pública y desamparo que ha generado. Pero para ello es imprescindible que tanto Naciones Unidas como los gobiernos más comprometidos con la cooperación obliguen al poder dictatorial a levantar toda traba burocrática a la solidaridad, se nieguen a que la Junta gestione de manera opaca la ayuda dirigida a la población y exijan la libre entrada y circulación de los informadores para que la opinión pública mundial pueda tener noticia de la magnitud de la tragedia y de los esfuerzos por paliar sus consecuencias. Por otra parte, tras responder a las necesidades más acuciantes, la legítima ingerencia humanitaria en Birmania permite y obliga a que la comunidad internacional establezca una estrategia efectiva para acabar con el despotismo ignorante de una Junta Militar que ha sumido al país en la miseria y en la sistemática conculcación de los derechos humanos. En este sentido, resulta perentoria la puesta en cuestión del plebiscito continuista convocado para el próximo día 10, cuyo mantenimiento violenta ya la dignidad de un pueblo sumido en el dolor. De lo contrario, la población de Myanmar se convertirá en víctima propicia para cualquier nueva catástrofe natural, y continuará soportando la vulneración cotidiana de derechos tan básicos como el de la propia vida y la integridad personal.

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