Bien trazó el pasado sábado nuestro compañero Alberto Piquero el eje de la 'felicidad', que parece torcer siempre la trayectoria de los mismos carros, y de paso lanzar puñetazos, muy certeros, también siempre a los mismos. Y entre gas y gas, de químicas o centrales térmicas, entre tarjeta y tarjeta de desempleo, entre bolsa y bolsa de alimentos que la Cruz Roja entrega, entre clase y clase que la misma organización emplea para acercar algo más que una lección de lengua española, roto el eje de la rutina, porque hasta el mayor problema se convierte en inercia, tal vez no siempre para los mismos.
Y en la rutina es difícil protestar por los envites de la contaminación, de la falta de recursos, o de la carencia de enseñanza. Son rodaduras del paso del tiempo, aunque acaben con el traqueteo de las ideas. Así, no deja de sorprender, una vez tras otra, que alguien piense en escribir cartas de amor, y hasta que haga de ello un concurso. Como nos informaba este periódico, el mismo sábado, en Aller han proclamado los nombres de los ganadores del concurso de cartas de amor.
Ha de ser difícil cerrar la ventana y con ella las fosas nasales a la contaminación, por ejemplo, abrir los ojos a estadísticas de todo tipo, y seguir con los dos pies anclados en el suelo firme; y, tal vez, unas cuantas palabras no aporten peana alguna de sujeción en un mal momento, mucho más si es continuado. Pero a algo hemos de agarrarnos para que no nos lleve una ventolera de malos humos. ¿Por qué no a las palabras en forma de carta? Con tanto viento no acostumbramos a escuchar, ni los pésimos índices. Así, una lectura reposada, tal vez una escritura, ayude a mantener el eje de la cordura engrasado.





