Me cuesta creer que en la malhadada localidad austriaca de Amstetten, tan educada y tan 'europea' (aunque no acabe de entender qué quiere decir eso), nadie supiese nada de las monstruosidades de Josef Fritzl ni del sótano en el que tuvo secuestrada a la mitad de su familia a lo largo de este último cuarto de siglo. No puedo pensar que ni sus vecinos, ni el tendero de enfrente, ni sus amigos más íntimos no sospechasen que en aquella casa ante cuya puerta aparecían de vez en cuando niños huérfanos estaba ocurriendo algo que, en el mejor de los casos, se escapaba a su raciocinio. No puedo imaginar que en veinticinco años Fritzl no dijese nada que le delatara, que no incurriera en un descuido, que no hiciese algún comentario intempestivo en alguna noche de copas (todos decimos en esos momentos cosas de las que luego nos arrepentimos), que no hiciera a nadie partícipe de su asqueroso secreto. Sí creo, y cada vez más, en la desidia inherente al ser humano, en esa tendencia a dejar que pase 'lo que tenga que pasar' mientras no nos afecte a nosotros, en ese pasotismo institucionalizado que nos lleva a subir la música cuando escuchamos gritos al otro lado del tabique o a cambiar de acera cada vez nos topamos con alguna injusticia (una pelea desigual, un trato vejatorio, un pordiosero lleno de muñones) y preferimos esquivarla en vez de comprometer nuestra 'integridad' en el propósito de solucionarla o enmendarla en la medida de lo posible. Sí creo, por desgracia, en el egoísmo que nos lleva a permitir que en nuestras alcantarillas florezcan zulos como el de Fritzl mientras, felices y contentos, nos sentamos ante el televisor para constatar lo mal que anda todo por ahí fuera.





