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«El incesto llegó a ser una adicción», afirma Josef Fritzl
El 'monstruo de Amstetten' confiesa que se había enamorado de su hija, a la que comparó con su madre

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FOTO POLICIAL. Josef Fritzl, tras ser detenido. / EFE
En la soledad de la cárcel de St. Pölten, aislado del resto de los demás presos y bautizado por la prensa de su país como el 'monstruo de Amstetten', Josef Fritzl, comenzó a relatar a su abogado, Rudolf Mayer, su propia versión del martirio que sufrió su hija Elisabeth y los motivos que lo llevaron a encerrarla durante 24 años en el sótano de su casa. Los apuntes de las conversaciones entre Fritzl y su defensor llegaron a la redacción del semanario 'News', que ayer salió a los quioscos con un titulo sugerente en su portada: «¿Fritzl habla!».

La confesión de Fritzl es categórica y revela de forma inequívoca que el 'monstruo de Amstetten' sabía perfectamente lo que estaba haciendo y que en ningún momento tuvo remordimientos, ni tampoco sentimiento de culpa por haber convertido a su hija en una esclava sexual. Peor aún, Fritzl admite que se había enamorado de su hija y que se sentía feliz de tener dos familias, la que vivía «arriba» y la que vivía «abajo». «A lo largo de los 24 años siempre supe que lo que estaba haciendo no era correcto y que debía estar loco para hacer algo semejante», contó Fritzl a su abogado. «Y aún así, mi segunda vida en el sótano se convirtió en algo natural».

En su interesada confesión, Fritzl habla por primera vez de los motivos que tuvo para encerrar a su hija. «Fue siempre una adolescente rebelde, visitaba locales de mala muerte, bebía y fumaba. Tuve que traerla a casa varias veces, pero ella se volvía a escapar. Por eso ideé un lugar donde poder mantenerla alejada, por la fuerza, del mundo exterior». En su patético relato, Fritzl desmiente que haya violado a su hija cuando tenía once años de edad y admite que sus deseos de tener relaciones sexuales con Elisabeth nacieron cuando la joven ya se encontraba prisionera en el sótano. Fue entonces cuando el monstruo comenzó a comparar a su hija con su madre.

Disciplina nazi

En la primavera de 1985, Fritzl ya no pudo controlar sus deseos. «El incesto se convirtió en una adicción», relata. «Nunca usé preservativos porque en realidad deseaba tener hijos con Elisabeth». «Cuando bajaba al sótano -continúa- llevaba flores a mi hija y libros y animales de peluche a mis hijos. Mientras ella cocinaba, yo veía películas con los niños y cuando la comida estaba preparada, nos sentábamos todos a la mesa». La revelación de Fritlz comienza con una descripción de su niñez y de su juventud, que estuvo marcada por la disciplina nazi y la ausencia de su padre. Con respecto a su madre, confiesa que era una mujer fuerte, dominante y la «mejor» del mundo. «Yo fui, de alguna manera, su esposo. Ella era la jefa y yo el único hombre en el hogar», declara el monstruo. Admite que tuvo fantasías incestuosas con su madre, pero que logró superarlas gracias a la compañía de otras mujeres.

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