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El 'Nabarra' se pone a flote en la memoria
Un buque científico ha hallado en Bermeo el pecio del pesquero que en 1937 intentó hundir el crucero 'Canarias'. El último superviviente, Juan Tellechea, recuerda el combate de la Guerra Civil en San Juan de la Arena
10.05.08 -

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El 'Nabarra' se pone a flote en la memoria
SAN JUAN DE LA ARENA. Tellechea en el puerto. / RAFA GONZÁLEZ
A bordo de un pesquero convertido con urgencia en barco de guerra, un grupo de cincuenta combatientes republicanos desafió en 1937 al buque insignia de la Armada española, en manos de los rebeldes franquistas, frente a las costas de Vizcaya. Era un empeño inasequible, algo así como intentar derretir la Antártida con una cerilla. Sólo 18 hombres sobrevivieron a la persecución y el castigo en un navío en llamas, hundido para evitar su captura. Cada año, a principios de marzo, el Gobierno vasco rinde homenaje a aquellos marineros. La edad ha diezmado al grupo. En 2008, apenas ha habido asistentes para celebrar el hallazgo de una expedición científica, que a finales del invierno se topó con el pecio mientras cartografiaba el fondo marino. En Asturias, sin embargo, aún vive Juan Tellechea, un nonagenario que sobrevivió al encuentro. «En caliente no sientes miedo, no sientes nada. Pero fue horrible, con toda aquella carne quemada cayendo a nuestro alrededor», cuenta en su domicilio de San Juan de la Arena.

El enfrentamiento del cabo Machichaco tuvo lugar cerca de Bermeo. Tellechea pertenecía a la Marina Auxiliar de Guerra de Euzkadi, un cuerpo creado por el lehendakari José Antonio Aguirre. Hace 72 años, acababa de cumplir los 20, y tenía la sensación de haber caído en una trampa. Poco antes, se encontraba en Cardiff, donde le había llevado su vida viajera de marinero, pero regresó para incorporarse al servicio militar. Se interpuso la insurrección del 18 de julio. Más adelante, aquel otoño, los dirigentes vascos tomaron la decisión de armar sus propios barcos. Así acabó destinado en el 'Nabarra' y abocado a participar en la escolta a los pesqueros y mercantes que, desafiando el bloqueo franquista, conducían a Bilbao pertrechos, provisiones y refugiados.

Bacaladero reconvertido

Urgido por las necesidades bélicas, Aguirre organizó una flotilla con los recursos a su alcance. Transformó en bous (buques artillados) cuatro bacaladeros de una empresa de Pasajes salvados tras la caída de Guipúzcoa. Uno de ellos, botado en 1928 como 'Vendaval', se convirtió en el 'Nabarra'. El joven Tellechea fue adscrito a él en calidad de cocinero y, en los momentos de apuro, echaba una mano en la carga de los obuses. Aquella vida duró unos meses y acabó bajo una granizada de metal el 5 de marzo de 1937.

«Salimos a las 4 de la madrugada con intención de estar de vuelta en Bilbao a las 8, pero había mala mar», recuerda Tellechea. Un convoy formado por cuatro bous debía dirigirse a alta mar para acompañar al mercante 'Galdames', que había salido del puerto francés de Bayona con equipos diversos y un pasajero con relevancia política, el delegado en Euzkadi de la Generalitat catalana, Manuel Carrasco.

La flotilla se encontró frente a dos peligros: la mar gruesa, que la dispersó, y el crucero 'Canarias', enviado para reforzar el cerco marítimo del frente del Norte. Concebido para ser el orgullo de la Armada de la República, en manos rebeldes se volvió un arma formidable en su contra. Llevaba una dotación de casi un millar de tripulantes, 16 cañones y 12 lanzatorpedos.

«Sabíamos que andaba por allí, pero nos lo encontramos de frente», cuenta Tellechea. Los otros bous rehuyeron el combate y, si bien maltrechos, lograron escapar. El 'Galdames' enarboló la bandera blanca y se rindió. Pero el 'Nabarra', bajo el mando del capitán Enrique Moreno, obvió la diferencia de fuerzas y combatió. Incluso logró atraer al crucero hacia la costa, al alcance de las baterías de tierra, pero el esfuerzo resultó en vano. Se impuso la fuerza. «Nos metieron un obús en las calderas. El barco ardía por todos los lados. Los que estaban abajo, se abrasaron. Olía a carne asada, nos caían pedazos encima. Fue horrible», rememora Tellechea. Cuando la situación se hizo insostenible, 18 hombres se arrojaron al Cantábrico en los botes. Pero el capitán Moreno y uno de sus oficiales, Ambrosio Sarasola, se negaron a salvarse a costa de dejar el bou al enemigo. Abrieron todas las escotillas y se hundieron con la embarcación.

Condena y amnistía

«Ellos sí que tuvieron valor para echarse a pique», se admira Tellechea toda una vida después. No fue el único. El 'Canarias' apresó a los supervivientes, que, sometidos a la expeditiva justicia de los vencedores, resultaron condenados a muerte. Las sentencias nunca llegaron a ejecutarse. Dos colaboradores cercanos de Franco presenciaron la lucha desde el crucero, apreciaron el valor de la tripulación republicana e intercedieron por ella. Después de dos años de cárcel, llegó el perdón. La clemencia no salió gratis. «Estaba en edad militar y me alistaron en el ejército nacional», señala Tellechea. En sus filas presenció desde el frente los últimos coletazos de la batalla del Ebro.

Después de la guerra volvió al mar. Pasó por mercantes malos y buenos, diminutos y gigantescos, hasta cumplir 60 años en un petrolero y retirarse. Vio mundo, se extasió en Buenos Aires, pero se casó en Asturias. Se afincó en Muros y, desde 1978, recibe convocatorias periódicas de Bermeo para recordar a sus compañeros. Ya no acude. «Me pesan demasiado las piernas, no las muevo bien. Y todos los demás se han muerto», lamenta. Pero podría ser peor. Conserva toda la lucidez y aún sube y baja los cuatro pisos de sus casa sin ascensor.

Ha sobrevivido de largo al 'Canarias'. El barco, como el dictador, alcanzó su apogeo en los años 30, asumió funciones representativas como buque insignia al envejecer y fue desguazado en diciembre de 1975, un mes después de la muerte de Franco.

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