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Héctor Tuya, diamante frágil
17.05.08 -

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Héctor Tuya, diamante frágil
DIAMANTE frágil, melena nocturna, ojo huracán, tristeza simpática, reguero de sueños, escritor secreto, metal en vena. Un día me lo dijo con esa media sonrisa suya acostumbrada al azote diario del hechizo: «Lo mío no es corazón ni cerebro, sino una jaula de grillos». Compartimos un año tonto en la Facultad de Filosofía Pura de Oviedo, nos reencontramos constantemente en garitos afiebrados, alguna vez me ha saludado con un besito, que es un saludo muy de hermano y muy de amigo. Cree en la juglaría, no enseña a nadie sus miles de escritos, se reinventa en miles de grupos y se ríe con dichos de sabiduría calé: «¿Entre músicos te veas, jodido!». Tiene algo de solitario eterno, inconformista de panfleto y manual, bebedor de té y loco de sus propio teatro-gestualidad. Otro día me abrió los ojos con la suavidad de Gandhi pasado por litrona de pueblo: «Hay profesionales. Pero el artista es siempre esclavo de la belleza y no puede escapar». Le han dado premios recientemente, pero le importan un pijo, lo suyo son los sueños sobre el tejado, el colchón del vagabundaje, la herida que siempre sabe a mar y presente, el sonido de sus botazas por tal calle.

Otra noche me lo susurró al oído con la persistencia del embaucador: «La libertad no existe; la gente busca compromisos con la mayor rapidez a su alcance». Su único drama es elegir entre bajarse del tiovivo o seguir girando hasta el doblaje. Vive deprisa, piensa despacio, escribe con letra de monje, se queda embobado frente al menú del chigre de turno, colecciona servilletas con monigotes y flores. Te hace preguntas como disparos: «¿Y si el poder del mal residiese en los detalles?». Viene de vuelta de todo, por eso sus intereses siempre están en lo que perdura, escritura de dedo firme sobre mesa manchada de tinto. Dudas de adorable muñeco: «¿Y cómo puedo saber yo que mis vecinos no son producto de mi imaginación?, ¿Y por qué cuando te ven triste todos quieren que se te quite rápido?, ¿Y quién baja la basura a la calle cuando yo no lo hago?». La grandeza de Héctor es haber llegado a donde lo ha hecho: esa pureza suya de genio-niño, de Miró en sus melenas, de cuaderno guardado como pañuelo al fondo del mochilón. Seguirá vivo aun cuando la luna no parpadee. La luna: ese gajo débil. Monstruoso corazón.

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