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Las mil historietas de un musical
En el barrio madrileño de Carabanchel se cocina estos días el 'Mortadelo y Filemón' que se estrenará en Oviedo en julio. EL COMERCIO y LA VOZ DE AVILÉS vivieron con los artistas una tarde de ensayos

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Las mil historietas de un musical
Cartel del musical.
Son las cuatro y diez de la tarde cuando empieza todo. Los actores, bailarines y cantantes esperan sentados instrucciones del director. Ricard Reguant toma la palabra e informa de que hay cambios. La obra se está alargando más de la cuenta y hay que acortarla. Rompetechos se lleva la peor parte y pierde una de sus escenas. No importa. En el oficio saben que un musical debe entretener, debe ser ágil, debe cumplir unos tiempos que hasta entonces llegaban a las tres horas. Y la duración final de 'Mortadelo y Filemón, The Miusical' ha de ser de unas dos horas y media. Nadie se sorprende, porque quienes escuchan atentos las órdenes de Ricard Reguant, un director catalán curtido en mil musicales, saben que el resultado final nunca es lo que está escrito en un primer guión. «Cambios hay siempre, cuando yo hice 'Grease', del estreno a la siguiente función se perdieron 20 minutos», dice con la calma de quien sabe que el musical es obra de todos, que crece en cada ensayo, con las aportaciones de unos y otros y con las correcciones inevitables. De hecho, se atreve incluso a dar una cifra: «El resultado final es un 40% del guión inicial», aclara.
Ocurre en todos, pero en este más que nunca. ¿Por qué? Porque no hay precedentes, porque el público no conoce la historia que va a ver -por mucho que se haya devorado en su infancia los míticos y ya cincuentones tebeos de Ibáñez-, porque ni es 'Cabaret' ni 'Fama' ni 'Mamma Mia'. 'Mortadelo y Filemón' es un invento que podría firmar el propio profesor Bacterio que verá la luz el 10 de julio en el Teatro Campoamor de Oviedo antes de instalarse en el Tívoli de Barcelona y viajar después a Madrid. «Es muy duro, porque esto no se ha hecho nunca», dice el director.
Esa condición de espectáculo novedoso hace que las puertas de la creatividad estén abiertas de par en par, lo que no resta ni un mínimo de profesionalidad, de coordinación en los mil trabajos que implica. Quienes ensayan desde hace en un mes un local del madrileño barrio de Carabanchel antes de viajar a Oviedo son parte de un engranaje medido al dedillo que moviliza a un centenar de personas entre técnicos, maquilladores, músicos
«Vale, vamos a empezar ya, por favor, que no hay tiempo». Es la llamada. Son unas cuarenta personas las que pasadas las cuatro y veinte se ponen manos a la obra. «El espectáculo se mueve por las sorpresas, si no hay sorpresas no hay función», les ha dicho Reguant antes de que empiece el pase del primer acto. Toma asiento con su story-board en la mano, en el que se adivinan los escenarios que en un mes se instalarán en el Teatro Campoamor para afrontar diez días antes del estreno los ensayos finales.
Los actores y bailarines lucen ropa de calle o prendas deportivas. Apenas si hay atrezzo. Unas fregonas, unas mesas y poco más. Los teléfonos se forman con las manos, las máquinas del profesor Bacterio se imaginan sin más sobre un espacio vacío. Comienza la función y prácticamente no hay paradas, se trata de que el pase sea ágil, de que se vayan puliendo errores. Pero siempre hay alguien que requiere de la ayuda del apuntador, siempre hay que retomar la escena, que repetir una frase, que recordar aquello que Reguant reclama. Está prácticamente montado, porque antes de que todos se junten en escena ya han trabajado por separado, porque hay un mes de ensayos a las espaldas con canto los lunes, martes y miércoles por la mañana, con texto por la tarde, con la visita de la coreógrafa Coco Comin los jueves y con el pase general de los viernes. Son ocho horas de ensayo, de diez a dos y de cuatro a ocho.
Así, poco a poco, va tomando forma el espectáculo, que tendrá un aspecto todavía no completamente definitivo en Oviedo. Allí será donde por fin los artistas afronten la dura tarea de unir a sus interpretaciones, bailes y cantos todo lo demás, que en este caso es muchísimo. Hay 500 vestidos, de modo que los cambios de vestuario son una auténtica locura. Lo son para todos, pero para Mortadelo es el no va más. Tiene 33 modelos diferentes y algunos tan aparatosos como el que le convierte en un váter.
No sólo eso. Como el musical tiene forma de cómic, hay vuelos sobre el escenario, lo que requiere del concurso de seis personas ajenas al elenco artístico, cuatro más se encargan del vestuario, otros tantos del maquillaje, luego están las luces, el sonido... Será en Oviedo cuando ese engranaje se ensamble para formar el todo, Porque incluso hasta el momento no se ha comenzado a ensayar junto a los músicos que interpretarán en directo clásicos españoles de los años setenta y ochenta (se emplean maquetas), que además se fusionan entre sí, lo que hace que los ensayos con el director musical se hagan en otro local.
Otros, mientras, se encargan de los mil gadgets de Mortadelo y Filemón, de los inventos de Bacterio, de crear una escenografía de auténtico tebeo para recrear esas historietas de la infancia. Y todo importa, hasta la nariz de Mortadelo, que en su primera versión no recibió el visto bueno del director y está también en proceso de cambio.
Será en esos días cuando se dé el toque de gracia, aunque tampoco será el último. En función de la respuesta del público del Campoamor, habrá nuevos cambios. La razón es muy sencilla: «Esto es una tontería, pero para que guste hay que hacerlo bien». El público manda y debe reír y cantar con Mortadelo, Filemón, Ofelia, el Súper y compañía.

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