Para el extranjero que aterriza en Oviedo soñando una vida mejor, «esto cada vez se parece más al infierno», alerta la activista Berta Montoya, de la Asociación de Inmigrantes Residentes en Asturias (AIRA).
Desde el mayor empresario al trabajador de sueldo mínimo, la desaceleración económica afecta a todos, pero los forasteros se llevan la peor parte. Son los que llevan poco tiempo cotizando, los que tienen aquí a menos familiares a los que agarrarse, los que llegaron con el compromiso de enviar cada mes un poco de dinero a su país de origen. Tres de cada diez tenían en Asturias un empleo ligado a esa construcción que ahora echa el freno y repasa sus plantillas para buscar obreros a los que despedir. Esa debilidad movió hace unos meses a CC OO a lanzar una advertencia: «O nos cuidamos de reciclarlos en otros sectores, o vamos hacia una brecha social de complicadas consecuencias».
¿Está la ciudad que Gabino de Lorenzo calificó como «el motor económico de la región» lista para soportar el reto? Un vistazo a las listas del desempleo aclara las cosas: a finales de abril, la capital asturiana sumaba 10.516 parados, 167 más que hace un año. En ese cómputo están asturianos e inmigrantes mezclados. Si hacemos el cálculo solo con los extranjeros, resulta que en los últimos doce meses la lista de parados extranjeros creció en 212 casos.
Es decir, en Oviedo toda la subida del desempleo ha caído sobre los inmigrantes. Según las últimas estadísticas, 760 personas nacidas fuera andan buscando trabajo desde el concejo, un 38,6% más de quienes lo hacían hace doce meses.
En este panorama, la oficina del Servicio Público de Empleo de General Elorza tiene el dudoso honor de ser, con 405 casos, la que cuenta con más forasteros pidiendo una oportunidad laboral. La segunda oficina en el 'ranking' regional es también ovetense y está en General Zubillaga. «Aquí, lo que podemos decir, es que no hacemos distinciones y que todas las oficinas trabajan para encontrar empleo tanto al inmigrante como al nacional», asegura el responsable del servicio regional, José Luís Álvarez.
Un daño para todos
Tras los números, «hay un daño que se extiende y llega a todas las casas donde vive un inmigrante», apunta Montoya. Por su oficina están pasando «muchos a los que echan con 40 años y que ahora no entran en ningún sitio porque, además de 'viejos', son extranjeros». También escucha a «personas que viniendo de donde venían y encontrándose aquí una bonanza económica, se confiaron, creyeron que esto sería así siempre, y ahora los ves en la picota, con una hipoteca que crece todos los meses, un bebé en camino, y una carta de despido».
El drama alcanza también a los que llegaron de avanzadilla, a los que estaban empezando a echar raíces y tramitaban los papeles para poder traerse a su mujer e hijos. En el Principado, para reagrupar a la familia, Delegación del Gobierno exige acreditar un sueldo de 1.033 euros al mes sólo para traer a la esposa. Cada hijo adicional 'cuesta' 200 euros más mensuales. «Eso es discriminación por ley, porque quien tenga una familia numerosa, de cinco hijos por ejemplo, debe ganar 2.000 euros, algo que no lo tiene ni un español», lamentan en AIRA.
Pero la presión también llega a los que tienen un puesto de trabajo. Si antes se les pagaban horas extras, «ahora las echamos gratis, porque todos sabemos lo que puede pasar si no lo hacemos», reconoció un inmigrante que quiso permanecer en el anonimato. «La situación en estos momentos te lleva a aceptar aún más la explotación, tengo compañeros que se levantan a las seis de la mañana y no regresan hasta las diez de la noche», describe Montoya.
La consecuencia, al final, es para todos: si el inmigrante acepta trabajar más horas, gratis o por poco dinero, los empleados nacionales se vuelven menos rentables a su lado.
Más altas que nunca
Hay gente que lo pasa mal. Pero no son todos. «Es verdad que está aumentando el paro, pero cuidado que también lo hacen las altas en la seguridad social y a ritmos históricos», advierte Juan José Palacios, desde CC OO. Los números le asisten.
A finales de abril había en Asturias 16.144 extranjeros con parte de su nómina al servicio de la seguridad social, 2.888 más que hace un año, lo que supone un aumento del 21,8%. Ese mes, los empresarios ovetenses firmaron 553 contratos para reclutar a otros tantos extranjeros, ritmo que supera en 124 casos y en un 28% a las contrataciones de abril de 2007.
¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué entre los extranjeros de Oviedo aumenta el paro pero también las altas a la seguridad social? La respuesta está en los flujos de inmigración. La economía puede estar desacelerándose, muchos extranjeros van a la calle, llaman a su país para advertir que cambiaron los vientos, pero los aprietos aún no han alcanzado la suficiente magnitud como para detener esa marea humana que es la inmigración. A finales de marzo, y con la crisis del ladrillo ya de cuerpo presente, las estadísticas revelan que al Principado accedieron 7.547 extranjeros con tarjeta de residencia en los doce meses precedentes. Gracias a esas incorporaciones, el colectivo suma ya 34.143 personas en la región, con lo que ya llenarían de sobra el nuevo Tartiere.
Aunque sigue siendo una de las regiones con menos foráneos, la inmigración aumenta en Asturias a un ritmo del 28,4% al año. Gran parte de ellos siguen encontrando colocación, pero lo cierto es que, en Oviedo, y con una economía en pleno retroceso, el ritmo de contrataciones no es suficiente para absorber a todos los que están entrando.
Esa situación propicia algo nunca visto antes en la región. «Sabemos de compañeros que ya están abandonando la ciudad para probar suerte en otras comunidades», desvela Montoya. Son los primeros casos. Pero si la presión migratoria sigue creciendo, y la maquinaria económica deteniéndose, el fenómeno lo tiene todo para contagiarse, para obligar, otra vez, a hacer la maleta.