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Oviedo

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Arte de rompe y rasga
La Lila acoge cuadros y artistas del colectivo Non Stop, un grupo de jóvenes japoneses provocadores y con una mirada distinta
18.06.08 -

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Arte de rompe y rasga
IMPRESIÓN. Los miembros de Non Stop buscan la transgresión con sus obras; una de ellas, al fondo. / J. DIAZ
Desconfíen. Los japoneses solo le enseñarán todo lo que llevan dentro si los saca de su país. El cibercentro de la Lila es la prueba colgante: allí han llegado las obras más vanguardistas del colectivo de artístico Non Stop. «Son sus mejores creaciones, y las que nunca podrán exponer en su propio país, allí las reglas sociales y la tradición lo impiden», confía Carmen Aragón, organizadora de la muestra.
Desde hoy, el sótano del palacete está tomado por mujeres en posturas insinuantes que provocan desde ese estilo tradicional y pulcro, el que empleaban hace siglos los nipones para ponerle formas al viento. A su lado, un puñado de hojas de revistas se han transformado en animales que sonríen y remueven el lado más infantil.
Son extremos de oriente que extrañan, y chocan con la obra que habitualmente ofrecen las salas ovetenses. «Aquí hay cosas que no se han visto ni en Madrid ni en Berlín», defiende emocionada Carmen Aragón. Detrás de ello está la mano amiga de Hideki Minematsu, comisario y socio de la galería Catarsis de Madrid. Allí actuaba de puente para que artistas japoneses aterrizaran en España. Hace años trabó amistad con algunos ovetenses, se comprometió a nutrir la región de creadores de Oriente. Murió hoy hace ocho días, mientras remataba los últimos flecos de esta invasión de arte nipón.
Pero si los cuadros vienen de otro mundo (artístico) es porque sus autores también lo hacen. Cuatro componentes de Non Stop andan entre ovetenses. Se les reconoce fácilmente: ojos rasgados, mirada de asombro e, indispensable, un minúsculo ordenador portátil para traducir sus vocablos.
«Es mi segunda vez en Oviedo, me impresiona, es una ciudad en el aire, con muchas montañas y valles», acierta a explicar Nitta Shinzi. Llega de un país donde los jóvenes están obligados a comprarle un cuadro a su maestro cada vez que éste realiza una exposición. Un mundo donde la gente no se toca, no se abraza, no se acaricia en público, y por eso ayer los jóvenes estallaban nerviosos cuando el fotógrafo los puso como ven sobre estas líneas.
Lo hacen ante cuatro 'yikus', los pergaminos más tradicionales de la cultura oriental. El problema es que ellos, jóvenes rasgados y rasgadores, los han utilizado de otra manera. «Yo lo que intento es buscar la armonía, aunque sea con elementos aparentemente contrarios», explica Oonishi Satomi, una joven que sonríe por los ojos y que empezó en esto «dibujando ángeles».
En un rincón de la sala, ajeno, se afana Kitamura Naoto, el más callado, el más trabajador. Coge un papel y lo empieza a garabatear. Agarra otro, y logra papiroflexias con él. No se detiene «nunca», dice. «No paro porque me hace feliz, y hace feliz a los demás, y... bueno, si veo a los demás contentos, me siento bien», explica. Sonríe. Y vuelve a la carga.

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