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Sociedad

LA LUNA A CUCHARADAS

05.07.08 -

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Leviant, feo discreto
Tiene cara de feo discreto y su obra ha cautivado a dos premios Nobel (Saul Bellow, Elie Wiesel) además de miles de lectores en todo el mundo. Tenemos ya en castellano una de sus mejores obras: 'Diario de una mujer adúltera' (Seix Barral). Novela divertidísima, tocho playero, recetario de andanzas, álbum de nosotros mismos, enciclopedia de antiguos amores y de su retorno o esbozo (siempre conflictivo). Un 'Decamerón' actualísimo, novedoso, sorprendente. Todo lo contrario a una novela-río; más bien impresionista, inducida a partir del detalle, casi novela de pistas y de carcajada musicales; novela negra en un recorrido sentimental tan largo como la vida o llegar incólume a la cincuentena.
Tomando como base una reunión de viejos compañeros de estudios, siempre en estructura o baile coral, comienza a retratarse la imagen de una misteriosa mujer por la que dos de los protagonistas del texto (Guido, fotógrafo, y Charlie, psicólogo) son incapaces de aplacar algo más que una vieja obsesión. Búsqueda de la Mujer, en mayúsculas, al mismo tiempo que poético o sobrecogedor viaje a la adolescencia: los primeros tragos, el pálpito de vida, esa clase de diversiones que permanecerán en el recuerdo una vida entera.
Novela de un feo listísimo, Curt Leviant, estructurada a base de capítulos cortos, rocas de sedería, motores de una trama imposible de dejar atrás cuando se han vencido las treinta primeras páginas. Novela de un feo, o no tan feo, al que acabarán dando el Premio Nobel, ligerísima en su dimensión/ladrillo, por esa calidad de página que es velero, que no carga y huye del adjetivo como Hemingway huía de lo barroco, salvo para volver a emborracharse con su sempiterno güisqui/vodka a gollete, en plan bravo.
Entra Curt Leviant sigiloso en la literatura en castellano, casi en zapatillas, en una novela muy hecha, su gran obra, que guarda perlas a las que no dejamos de dar vueltas: «La transición entre nada y algo suele ser enorme. Como la creación» (pag. 77); «Se puede apagar una luz con sólo cerrar los ojos pero las orejas no tienen párpados» (pag. 72); «Las clases bajas tienen rostros baratos; la élite, aristocráticos. Y eso vale también para los dedos» (49).
Curt no olvida nada; por eso narra la belleza en su malabarismo o susto.

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