Los tranvías gijoneses fueron suprimidos hace ahora 44 años. El 10 de mayo de 1964 circularon por última vez por las calles de la ciudad. No se tiene noticia de que hubiera resistencia u oposición a su eliminación. La desesperada situación económica de la Compañía de Tranvías de Gijón, el 'boom' del petróleo y la expansión de los vehículos de motor de explosión en las líneas de transporte dieron el certificado de defunción a un medio de locomoción que vuelve a estar en boga por el estudio encargado por EMTUSA para su posible reimplantación en pleno siglo XXI.
La historia del sistema tranviario gijonés se enmarca entre 1890 y1964 con tres líneas: la que llegaba hasta La Guía y Somió, la que conectaba con El Natahoyo, La Calzada y El Musel, y la que unía la zona del Humedal con El Llano de Arriba, por la avenida de Schulz. En algunas calles de la villa, enterradas bajo el asfalto, aún permenecen las vías sobre las que circulaban aquellos vehículos renqueantes pintados de amarillo. Como también permanecen muy vivos los recuerdos de las poquísimas personas que pueden acreditar, por razones de edad, haber trabajado en la Compañía de Tranvías de Gijón.
José Manuel León, apodado desde joven como 'El Guapín', es, a sus 86 años, uno de esos escasos supervivientes. Además de cobrar los billetes, se ponía a los mandos de los tranvías como conductor cuando hacía falta. «Me gustaban más conducir que cobrar», confiesa, aunque no se cobraran los dos reales de prima. El primer tranvía salía en ocasiones a las seis de la mañana de las cocheras y el último retornaba al mismo punto a las once de la noche. Cuando en algunas ocasiones se excedían del horario nocturno en la línea que subía y bajaba de Somió, a la altura de El Bibio, conductor y cobrador paraban la máquina y «se ponían a empujar sigilosamente» para no hacer ruido y que el director de la Compañía de Tranvías, José Luis Alvargonzález Caso, que vivía en un chalé de la zona, «no se diera de cuenta de la demora que traía el servicio». Cosa que no siempre, relata, se podía conseguir.
Convaleciente de una reciente operación en el Hospital de Jove, a José Manuel se le agolpan en la mente las historias de su época de tranviario uniformado. Las tiene tan presentes en la memoria como los pequeños rótulos de hierro esmaltado, con letras negras y fondo blanco, que advertían al viajero de sus obligaciones en los viejos vehículos de tracción eléctrica. «Se prohíbe fumar», «Se prohíbe escupir», «Consérvense los billetes», «Prohibido hablar al conductor» son tan sólo algunos ejemplos.
Recuerda como si fuera ayer las jardineras llenas a rebosar -coches descubiertos que se enganchaban en verano a la máquina tractora subiendo hasta el Somió Park. «Los fines de semana no parábamos. Sólo teníamos tiempo para comer un bocadillo junto a El Molinón, pero merecía la pena el esfuerzo, porque trabajando un domingo se ganaba más que el resto de la semana junta, a pesar de que el tranvía costaba dos perronas», rememora.
Sin embargo, algunos de los viajes más memorables los hizo 'El Guapín' a bordo de la línea de El Musel. «Gozaba como un verderón». Y lo explica. Allí recogía a las aldeanas cargadas de peces y productos de la huerta que previamente se habían bajado del tren, en el Carreño. «Por ayudarlas con las cestas siempre te daban fabes, patatas, algo de pescado...», evoca el antiguo tranviario, con más de 20 años de servicio en su haber. Pero además de lo que le regalaban las aldeanas de Aboño, Candás y Luanco algunos jóvenes también le ofrecían potarros a cambio de que los llevase gratis, haciendo la vista gorda, hasta La Calzada. Lo que sucedía era que esos calamares habían sido robados de la mercancía que cargaban las mujeres que iban al mercado. «Esos chavales venían sentados, a tralla, y no molestaban», asegura.
No obstante, José Manuel dice que el remedio infalible de un cobrador de tranvía con «los jetas que se subían sin ánimo de pagar era echarle más cara que ellos». Recuerda también que «había quien prefería pagarte una o dos botellas de vino antes que abonar el billete del tranvía». «Los había acérrimos y sabías al verlos que cuando acababas la jornada tenías un vino pagado en tal o cual bar. Y a ti no te quedaba otra que callar y cuando venía el inspector arrancabas el billete y listos», anota José Manuel.
No era cosa rara descarrilar y de su antiguo trabajo, que no duda en calificar de «muy sacrificado», con ocho o nueve horas diarias de labor, lo que más le gustaba era «el trato con la gente y llevar recados a los chigreros de Somió».
En una ocasión,.«un grupo de madrileños sabihondos a más no poder» que iban en una jardinera se intentaron «coñar» de su gorra, que llevaba el número 69, y a la hora de pagar el viaje le dieron un billete de 100 pesetas -«una fortuna en aquellos años» - y a 'El Guapín', genio y figura, se le «despistó» después darles la vuelta y hasta hoy.
José Manuel León es escéptico ante el posible regreso del tranvía a las calles de Gijón. Cree que con la puesta en marcha del futuro metrotrén «es complicado, aunque somos muchos los que lo echamos de menos». Y tanto que sí.