A raíz de una votación negativa al asturiano en la Facultad de Filología y la dimisión del equipo decanal, se abrió de nuevo la caja de los truenos. Es innegable que el contenido de la enmienda aprobada por una mayoría de colegas de la Facultad de Filología el pasado 24 de junio, expresa un punto de vista real acerca del asturiano. En dicha Junta de Facultad, y en representación del grupo de investigación Seminariu de Filoloxía Asturiana (SFA), leí un escrito de rotunda oposición a la enmienda de De Castro, por dos razones fundamentales. La primera es que su argumentación no es científica, sino política, y de política «dura». La segunda es que, como cualquiera puede entender, los profesores e investigadores que nos dedicamos a la Filología Asturiana -al menos los miembros del SFA- no podemos aceptar planteamientos que suponen una minusvaloración de nuestra dedicación profesional ni del objeto de estudio en el que trabajamos.
El argumento central de la enmienda que suprime el asturiano en las futuras titulaciones es que si éste se estudia, se convertirá en una lengua nacional (¡!). Cito textualmente: «[En las propuestas] se mezclan lenguas oficiales de estados nacionales con la denominación de algo que, para mí, no lo es. Comprendo que tal equiparación resulte natural para quien desee que el asturiano sea como las otras, o crea que ya lo es, pero yo no puedo respaldar una inclusión que contribuye a reforzar la imagen del asturiano como lengua nacional, eventualidad que yo al menos no desearía ver realizada». Otro profesor, Pedro Manuel Suárez Martínez, abunda en los mismos razonamientos (EL COMERCIO del pasado 8 de junio).
Con todos los respetos para los colegas que apoyan semejantes planteamientos, la opinión pública debe saber lo evidente, y es que el concepto de «lengua nacional» -y no digamos el de «lengua oficial»- tiene su natural acomodo en los documentos doctrinarios de los partidos políticos, pero no en una facultad que pretenda ser un digno templo del saber. No conozco ningún catálogo de lingüística (general, románica, indoeuropea o hispánica) donde las lenguas queden científicamente clasificadas como «nacionales» u «oficiales». Pretender borrar la politización del asturiano en la facultad utilizando esos argumentos no digo yo que no pueda ganar votaciones, pero es intelectualmente indefendible y tan extravagante como querer apagar un fuego con gasolina.
Añade el profesor De Castro que «es imposible ignorar que determinados órganos de la vida cultural regional, y sobre todo la Academia de la Llingua Asturiana, presidida precisamente por nuestra decana con la asistencia de otros destacados colegas nuestros, exigen la docencia del asturiano en todos los niveles educativos como una clave fundamental de su estrategia para conseguir la cooficialidad del asturiano».
Muchos estamos seguros de que la relación entre la Facultad de Filología y la Academia de la Llingua Asturiana no es la más conveniente, pero en todo caso lo que desde entidades externas se pretenda fraguar en terreno universitario no debe servir para eximir a la Universidad de sus responsabilidades sobre unas enseñanzas que, además, son una realidad incontestable desde hace años.
Soy profesor de Lengua Asturiana en la Universidad de Oviedo desde 1985, y otros colegas lo son también desde hace bastantes años. Estamos hablando de algo que forma parte del normal funcionamiento de la Universidad, que ésta debe evaluar y nunca suprimir.
Una cosa es el status político y jurídico que al asturiano le otorguen las autoridades políticas, y otra muy distinta es su status académico y científico. Esto debe estar muy claro en el ámbito universitario, y es una de las reflexiones centrales del Seminariu de Filoloxía Asturiana. Si esto no se aclara de una vez, estaremos mareando eternamente la perdiz y haciendo un diálogo de sordos.
Debe quedar claro que la oficialidad o no oficialidad del asturiano es un asunto absolutamente irrelevante en el ámbito universitario, y que la categoría que el asturiano tenga en las futuras titulaciones es totalmente independiente de lo que los políticos decidan sobre su estatus legal. Como universitarios (docentes e investigadores) que tenemos nuestra profesión orientada a esa área del saber, se entenderá perfectamente que tengamos un legítimo interés en que el asturiano esté presente, de la manera que se determine, en las futuras titulaciones de la Universidad de Oviedo.
Pienso que después del 24 de junio deberíamos recomponer un delicado consenso que había en nuestra facultad y que una gestión mal planteada echó a perder. Yo no sé si la reconducción del tema será fácil o difícil (más bien lo segundo), pero confío en que la reflexión serena se adueñe otra vez de la mayoría de los miembros de la Junta de Facultad. La implicación del rector en este asunto me parece digna de elogio, y lo que el decano en funciones pueda hacer con la buena voluntad de todos, ayudará, quizá, a que el asturiano se integre plenamente en los estudios de nuestra Universidad, desterrando una politización de la que todos estamos hartos. Ojalá.