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Cultura

Relato de Jaime Sarusky para EL COMERCIO con motivo de la Semana Negra. Una de las obras del autor presentada en Gijón es 'Un Hombre Providencial', libro presentado el pasado lunes por Lorenzo Lunar
18.07.08 - 21:26 -

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SENCILLAMENTE AZUL
No fueron pocas las vueltas y rodeos que Leder Blaustein tuvo que inventar para dejar atrás el cielo encapotado de la Polonia que lo vio nacer, ni más ni menos porque no tenía todavía los papeles necesarios cuando finalmente decidió emigrar. Era Diciembre de 1923, y aún se resentía su cuerpo de los fríos en aquel largo invierno que lo obligó, en su aldea natal, a rajar más leña que en otros momentos, para poder alimentar la hoguera que calentaba un poco a los padres, ya ancianos, y a sus ocho hermanos y hermanas en la modesta morada de la familia.
Tres días antes del acontecimiento, ya la atmósfera allí pintaba un poco triste, por no decir lúgubre. Él decía que todos los momentos son buenos para alguien que ha decidido partir, aunque no supiera absolutamente nada de lo que habría de depararle despejar la incógnita que, como densa neblina, se presentaba ante él.
De lo que sí estaba seguro, por Dios, es que no imitaría a Jona, su padre, que ya había intentado emigrar, como lo hizo, a los Estados Unidos, pero a un sitio como New Haven, la tranquila ciudad de Connecticut , donde pesaba tanto en su día a día la famosa Universidad de Yale. Pero Jona no era académico, ni siquiera estudiante, sino sastre, como Leder, que de él lo había aprendido.
Y, sin embargo, un año después, o tal vez antes, el Viejo, acosado de nostalgia, o vaya usted a saber si de amor impaciente por volver a los brazos de Sara, su mujer, que había quedado atrás, regresó, regresó al hogar con tanto amor acumulado y tantos bríos que año tras año, con algún intervalo de asueto, vinieron al mundo las ocho criaturas que redondearían la familia con un número 11, casi cabalístico.
Ahora, el problema número uno para Leder era desvanecerse cuanto antes, que no lo atraparan porque el Servicio Militar lo esperaba. ¿Para qué? ¿Para perseguir gitanos y a otros indeseables como él? De lograr escabullirse, los problemas serían tantos, que debía prepararse para afrontarlos al cruzar el territorio de Alemania, para luego seguir de largo, seguir de largo ¿adónde Leder Blaustein?, se preguntaba, si todavía no tenía siquiera el pasaporte que, dadas las circunstancias, no podría ser el de su país. Pero estaba convencido de que ni eso lo impediría porque estaba dispuesto a ir hasta el Polo Norte, o a la Antártida, antes que seguir malviviendo en un país tan hostil hacia gentes como él.
El espacio restringido donde debían vivir estaba ahí, de apenas una manzana, donde se hacinaban los indeseables del poblado, y además, recordaba la escuela, los muchachos apiñados como sardinas en lata porque las autoridades decían que no tenían otro sitio, y los que acudían al templo descubrían con frecuencia rústicos crucifijos, trapos negros con estrellas de David incrustadas en los nudos, cuyo significado no comprendía pero alguien le susurró, ten cuidado que es brujería para hacerte daño, que así era anteayer, y ayer, y hasta hoy. Para rematar, el único trabajo disponible, porque todo el mundo lo rechazaba, era el de cobrador de impuestos, reservado a ellos, y que exacerbaba de ese modo la ojeriza que les tenían los otros ciudadanos.
Un día, que estaba con Sara en las afueras de uno de los mercados de Lomza, la ciudad más grande de su provincia, un tipo que se contoneaba por la acera como si se creyera un aristócrata, tropezó con él, se detuvo, lo miró de arriba abajo con desprecio, extendió el brazo y quítate de mi camino paria de mierda, gritó, lo empujó y siguió de largo.
A Berlín llegó cuando salía el sol, y quiso ver en esa imagen un presagio positivo en su futuro inmediato. Un espejismo mental porque no tenía documento alguno que justificara su presencia en el mundo. Así que tendría que hacer lo imposible para recuperar su humanidad. Sólo era un alguien que arribaba a un Berlín que quería aturdirse, ansioso por vivir y olvidar, o fingir que olvidaba después de una guerra todavía fresca en la memoria.
Buscó en la ligera maleta el papel con la dirección del hombre que, le habían asegurado, se haría cargo de los trámites para su viaje: Klaus, era su apellido, Herr Heinrich Klaus, así le llamaban. En Lomza, precisamente, obtuvo las señas de éste a través de la hermana de alguien que había emigrado a la Argentina el año anterior.
Llegar a su casa, tocar con insistencia a la puerta, y que no respondiera nadie, le provocó la primera sensación de desconcierto. Después decía: ¿Sabes lo que es llegar a una ciudad que no conoces, cuya idioma te es ajeno y, para colmo, que en la única dirección adonde te diriges está ausente la persona que has buscado tres días seguidos? No, no, no dejarse atrapar por el pánico, Leder, se decía, se repetía. Nada ni nadie podía aclararle donde estaba el señor Klaus. ¿Qué podía hacer si apenas tenía unos contados marcos en el bolsillo?
Caminó Berlín incansablemente. De tanto preguntar y escuchar terminó aprendiendo algunas palabras del idioma.
Se ofreció para limpiar los cristales de las vitrinas de una tienda de la avenida Kurfürstendamm y así logró levantar la cabeza porque el gerente accedió, y a partir de ahí, los pocos marcos que le entregaba le sirvieron para dormir en una covacha angosta como un suspiro y poder ingerir una buena salchicha alemana con pan suave y mostaza.
Apenas reapareció Herr Klaus, se presentó ante él que ya lo acribillaba con preguntas tan elementales como nombre, apellidos, edad, dirección. Blaustein se dio cuenta de que no sería fácil lidiar con aquel hombre, a pesar de que no tenía más remedio que confiar en él. Entre una y otra pregunta, y las correspondientes respuestas, de tanto en tanto dejaba caer un comentario.
—Conozco su país. No me gustó ¬¬¬¬—dijo Klaus.
—¿Por qué? –indagó curioso Blaustein
—Ningún país es aceptable en tiempos convulsos…aunque la verdad es que se prestan para hacer muy buenos negocios.
Blaustein sabía que los alemanes despreciaban a los polacos, cualquiera que fuese su creencia, porque nadie podía convencerlos de que no eran inferiores.
—¿Ni siquiera Alemania es bueno como país en tiempos de guerra? —insistió el forastero que intentaba sonsacarlo.
—Este país es una mierda, joven. Tiene la marca de la derrota. Eso somos: los vencidos. No siempre, claro está. En los años 70 del siglo 19 ocupamos Versalles con Bismarck. Y los nuestros pusieron sus asentaderas en los tronos, creídos que eran Luis XIII o Luis XIV. En fin, la decadencia, un país de segunda clase.
—Dicen que ahora hay un ensayo de democracia —dijo el visitante que recordaba el titular de un comentario en un periódico de Polonia.
—Sí –respondió Klaus– la de Von Hindenburg. ¿Qué somos? Un pueblo que lo ha perdido casi todo en la guerra: territorio, colonias, el orgullo nacional.
—Hay que tener fe en el futuro— argumentó Blaustein tratando de dar una buena imagen. Pensaba, sobre todo, en su pasaporte y en los documentos.
—Fe en el futuro la de usted, que es joven, que emigra, que va a empezar una nueva vida.
—No se rinda, Klaus. Déjele ese problema a los estadistas.
Durante tres semanas Blaustein tuvo que esperar por las idas y venidas de Klaus que le explicó cuales países de la América Latina eran los más abiertos a la inmigración alemana.
Entretanto, todo el tiempo lo dedicaba a buscarse unos marcos haciendo trabajos caseros o podando las plantas del patio de Klaus.
La gran sorpresa se la llevó cuando al fin tuvo en su mano el pasaporte alemán. Ya iba a felicitar a Klaus por su eficaz y diligente servicio pero enmudeció al abrirlo y observar que, desde la primera página, ya no era Leder Blaustein sino el ciudadano teutón August Blau. Su apellido, Piedra azul, se había modificado al igual que tantos miles y miles de apellidos como el suyo a lo largo de los tiempos. Se transformó, por sanas razones de supervivencia, simplemente en Blau, Azul.
—Blau es un apellido tan o más alemán que Wagner, Nietzche o Beethoven –bromeó Klaus–. Por lo menos le sirve hasta que llegue a su destino, más allá del Atlántico.
Después que puso en sus manos el pasaje lo observó con detenimiento.
Decía en idioma inglés: Holland–America Line y después en alemán. Y luego, Tercera Clase, pero en español y en alemán. Número 11506. Litera 384. Vapor Edam. De Rótterdam para Havanna. Enero 9 de 1924. Edad: 24. Sexo: M. Ahí aparecía su nueva identidad: August Blau. Augusto, como el emperador romano, Azul. O Agosto Azul.
Última residencia:Dentschl, Berlín.
Partiría al día siguiente a los Países Bajos, y cuarenta y ocho horas después, abordaría el vapor, que habría de zarpar con destino a
Cuba y México, con escala en puerto español. Tal vez Santander, tal vez Vigo, o en ambos.
La sirena, al fin, no tranquilizó su inquietud ni su emoción al renunciar para siempre a lo que había sido su vida hasta entonces, pero sí halló, sin dudas, sosiego a su impaciencia por partir. Miró hacia lo lejos, al este, donde quedaban Sara y Jona y sus hermanas y hermanos. Quería llevarse, atrapar para siempre, las últimas imágenes entrañables. De todos modos, no podía evadirse:
tendría que buscar (ya lo estaba buscando) su camino, y a lo largo del mismo, encontrar la respuesta, o mejor las respuestas, porque después de todo, la vida no es tan generosa y nada es fácil.
Jaime Sarusky
La Habana y mayo de 2008.

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