Comenzaba julio en Roma, comenzaba el 'ferragosto'; en veinte días, más o menos, yo me tenía que volver para España. La conciencia de que algo se había roto definitivamente, tal vez un hilo en mi corazón, me rondaba obsesivamente: me asomaba al balcón de San Pietro in Montorio, donde está la Academia de España, y veía la luz cubriendo las seis colinas (el Janículo, sobre la que yo estaba, es la que primero recibe las sombras del atardecer). Fernando Renfijo me lo propuso: antes de volver a España, ¿porqué no vamos a Sicilia? Él ponía el coche, yo la compañía. Dibujé mentalmente la ruta: Roma, Nápoles, Paola, Reggio Calabria... y después todas las ciudades sicilianas, que son muchas, Messina, Catania, Siracusa, Noto, Agrigento... Tras una o dos cervezas, nuestro plan quedó bien fijado sobre la superficie del ensueño: teníamos quince días por delante, llegaríamos a Palermo donde cogeríamos, de vuelta, el ferry a Nápoles.
Fernando estuvo de acuerdo: tras unos meses en Roma, era la mejor manera de despedirse de la ciudad. Marcharse una o dos semanas y volver, a lo que todavía sería nuestra casa, una semana más. Yo leía a Salvatore Quasimodo e, incluso, me compré en el Porta Portesse, de saldo, un diccionario siciliano-italiano.
Al final no lo utilicé, el diccionario. Todo el mundo habla en siciliano en la isla, pero basta con que te acerques para que cambien al italiano o al inglés si te quieren preguntar algo. En Reggio cogimos el primer ferry y aparecimos en Messina, un arrabal casi africano, un confín donde la Europa de las buenas carreteras se acababa. En la plaza, junto a la gran iglesia, compré unos higos que me recordaron un verso antiguo que habla de la dulzura del vivir.
Sicilia, yo lo sabía, es tierra griega: también cartaginesa, romana, árabe, normanda, aragonesa e italiana; quien está en una isla, tiene la sensación de estar en un mundo circunscrito a sus costas, un mundo cerrado que se reproduce por entero a escala de su corazón; en Sicilia, el mundo, ciertamente, me pareció muy grande. Tal vez por el caos de Catania enfrentado a la dulzura de Taormina, tal vez por la sombra del Etna omnipresente dejando en cada piedra su huella negra de basalto.
Yo quedé prendado de Siracusa y admirado de la oreja de Dionisios, un monumento natural donde era posible el frescor. Me di cuenta que Buffalino, un escritor que yo leía por aquellos días, tenía razón: los olivos en Sicilia, sobre las lomas de plata, siempre están en la duda de arraigarse o echar a volar.
Algo de esta contradicción perdura en el alma de los sicilianos, en su mirada; recuerdo aquellos pueblos vacíos, un poco antes del atardecer. El sol era aún tan fuerte, que no se veía a nadie por la calle. Sin embargo, uno intuía, tras las persianas cerradas, un mundo secreto, íntimo. Yo debía enviar una crónica al periódico y buscaba un cibercafé, cualquier lugar con conexión a internet donde pudiese tener noticias y darlas. Esto puede parecer lo más sencillo del mundo: en Sicilia, desde luego, no lo es.
Tras varias horas fatigando las calles, admirando unos balcones que parecían esconder a una dama recién llegada de Broocklyn, encontré a un chaval fumando un cigarro en una esquina. Le pregunté por un local donde pudiera conectarme a internet y me indicó que me siguiera. Por calles muy estrechas y empinadas, que parecían conducir a un lugar muy remoto, fui siguiendo a aquel muchacho, cada vez con más miedo pues, a buen seguro, me estaba apartando demasiado. Ya leía, en mi imaginación, los titulares de los periódicos al día siguiente: 'Turista muerto en un arrabal de Siracusa'.
Decidido, le dije que me iba a dar la vuelta, cuando más o menos todavía recordaba el camino, pero el muchacho me indicó la puerta de una casa. Abrió con sus llaves, me hizo pasar y me condujo delante de un ordenador.
«La conexión es lenta, pero segura», me dijo. Aturdido, le avisé que necesitaba una hora o dos, demasiado sin duda para estar en una casa particular.
«En Sicilia el tiempo es gratis; el tiempo y el calor», me dijo sonriendo.