Pajares, en la misma ubicación donde se alza la estación de esquí, se despierta con una espesa niebla que abraza las cumbres más altas. Son las diez y media de la mañana de un atípico día de verano. La temperatura ha descendido con la ascensión por carretera, hasta llegar al extremo donde comienza el frío. Y la expedición rojiblanca desciende del autocar ligeramente aturdida por el viaje. Manuel Preciado, con decisión en sus piernas, encabeza el grupo junto a Gerardo Ruiz, el ideólogo y promotor de las sesiones alejadas de la rutina de Mareo.
El técnico de El Astillero se frena en seco al inicio de una cuesta que limita un telesilla inutilizado, lógicamente, por el período estival. Las grandes cumbres y la amplitud panorámica enmudecen el entorno. Preciado rompe el silencio sepulcral con su grueso tono de voz y sus primeras indicaciones, mientras sus pupilos, acompañados por Gerardo Ruiz, Lorenzo del Pozo, Iñaki Tejada, Diego Lobelle e Isidro Fernández, comienzan a devorar los primeros metros de una ascensión con un desnivel tremendo, todo un 'rompepiernas' para un ritmo de caminante hasta el Valle del Sol.
Los jugadores se alejan por el camino y terminan por desaparecer en la niebla. Preciado les sigue con la mirada desde el inicio de la cuesta y retrocede unos metros pensativo. Mientras, en el bar-albergue que precede la temible ascensión, los clientes más despistados, los que seguían en el interior del establecimiento ojeando la prensa deportiva cuando llegó el Sporting, se sorprenden al conocer la entidad de los senderistas. «¿Este año hay que mantenerse 'míster'?», le espeta uno de ellos a Preciado. «Es la idea, es la idea», responde el técnicon tanto meditabundo.
La estructura de la sesión es casi tan dura como el desnivel de la subida. Un entrenamiento a casi 2.000 metros de altura, en el cielo que une el Principado con León. Primero, los jugadores tienen que culminar una dura ascensión que está ideada, de forma paradójica, para que los esquiadores la completen a la inversa y a una velocidad de vértigo. Después, sin tiempo casi para recuperar el aliento, hay que afrontar un circuito en la cumbre, que combina rampas muy pronunciadas con llanos, subidas y bajadas. Unos veinte minutos de duro ejercicio.
Barral, el primero
La espera se hace larga. Algo más de una hora. Finalmente, los primeros 'escapados' aparecen en el horizonte. Intentando frenarse ante la acusada bajada. Barral comanda la expedición con paso firme. A su lado, como no podía ser de otra manera, Lorenzo del Pozo. Unos metros más atrás llega el 'pelotón'. Y unos segundos después el segundo grupo y, a continuación, los más rezagados.
«Ha sido durillo, pero agradable porque es una gozada trabajar en este entorno», comentaba el defensa Gerard, mientras sus compañeros comenzaban la 'fase' de avituallamiento y los estiramientos pertinentes. «El año pasado se hizo más pesado porque ya había comenzado la Liga», opinaba Diego Castro, justo al lado del central de Manlleu, antes de matizar que «el clima ha ayudado para que Gerardo (Ruiz) nos pudiera meter una buena carga de trabajo porque con calor es complicado».
Preciado da indicaciones a sus pupilos para que suban al autocar. La pretemporada es corta y el cántabro no quiere ceder ni un minuto. La expedición se va por donde ha venido. Rumbo a Mareo. Comida y otra vez al trabajo. Y con las prisas casi se queda en tierra Gerardo Ruiz, el promotor del viaje.