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03.08.08 -

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Heridas que hacen frontera
Los niños de la familia Halilaj, de Durakovac, en el noroeste de Kosovo, forman parte de los 200 beneficiarios de la Escuela de Verano que organiza la ONG asturiana Psicólogos sin Fronteras. / IGNACIO FRADEJAS
«La independencia no es real. No puedo hablar mi lengua, ni salir del pueblo, ni llevar la cruz al cuello por miedo. Estoy harta». Natasa Popovic tiene 19 años y vive desde hace dos años en el reasentamiento serbio de Osojane, en el noroeste de Kosovo, tras exiliarse en Serbia durante la guerra.
Natasa trabaja desde hace unos meses en el 'ayuntamiento' de la localidad. Un edificio en cuyo balcón sigue ondeando la bandera serbia. Más que gestionar la vida administrativa de la decena de casas reconstruidas bajo el amparo de la protección de las tropas españolas de la Kfor (fuerzas de la OTAN para Kosovo), el edificio es un símbolo. Si los enclaves resisten, Serbia no lo habrá perdido todo en su ex provincia autónoma.
En la zonas rurales del noroeste de Kosovo conviven, cada vez más aisladas, las minorías gitanas, bosniaca y serbia, con una mayoría albanesa. Hace seis meses que Kosovo celebró su independencia, aún no reconocida por algunos estados. Como el español. Atrás quedan los años de guerra entre separatistas albaneses, fuerzas de seguridad serbias y la OTAN. Las masacres, las limpiezas étnicas y los refugiados. Pero en la construcción del Estado más joven de Europa falta, quizá, un elemento fundamental. «Ni siquiera sé qué significa ser kosovar», asegura Eldina Halilovic, una joven bosniaca de 18 años a la que todos conocen como Koka y que trabaja como traductora.
Escuela de verano
Son las doce del mediodía y el calor es ya insufrible. Sentadas en casa de otra mujer de la familia Popovic, de nombre Ruzica, Koka y Natasa ultiman con la ONG asturiana Psicólogos sin Fronteras la organización de la Escuela de Verano. Ambas jóvenes dejaron de ser beneficiarias para convertirse en monitoras de un proyecto que está zurciendo los descosidos, provocados por el nacionalismo en el corazón de los Balcanes.
Esta escuela pertenece al Programa Clarín, un proyecto que lleva ocho años fomentando la conciliación interétnica y la educación para la paz. Las actividades estivales de esta edición están subvencionadas, casi íntegramente, por el Ayuntamiento de Oviedo, que ha aportado 13.000 euros. Tiene 200 niños beneficiarios. La organización que dirige la ovetense Ana Bernardo es la única que continúa trabajando en la zona tras el repliegue de la cooperación internacional a Pristina.
En estos pueblos que rodean a la localidad de Péc o Peje (en serbio y albanés), al pie de las impresionantes montañas de Rugova, seguridad es sinónimo de uniformidad étnica y de aislamiento. Las casas calcinadas de los que nunca regresaron tras el conflicto entre 1996 y 1999 (la mayoría serbios) marcan la separación entre los pueblos: «Aquí territorio albanés». «Entramos en zona serbia».
A pesar del principio de respeto a las minorías, el autobús blanco de Naciones Unidas con cristales de plástico (para protegerse de las pedradas) sigue saliendo, una vez por semana, desde Osojane hacia la frontera serbia de Mitrovica. Cuatro horas de viaje para que esta minoría pueda abastecerse, cuando núcleos urbanos como Istok, de mayoría albanesa, están a diez kilómetros de distancia.
Psicólogos sin Fronteras trabaja todo el año en tres colegios. «El de Dobrusha, de mayoría bosniaca, el colegio serbio de Osojane y el centro educativo de Kos, integrado por niños albaneses y gitanos-roma», explica Ana Bernardo, profesora de la Universidad de Oviedo. Tras casi una década de trabajo en Kosovo, esta asturiana es conocida como la 'profesoriza' (maestra) que logra estampas tan inusuales como la de un autobús lleno con los hijos de un conflicto desangrado entre vecinos.
Aprender a convivir
«No creo que podamos quererles pero ojalá mis hijos puedan llegar a tolerarles y a convivir con ellos». El murmullo de un padre bosniaco mientras firma el consentimiento para que la ONG imparta clases a sus hijos pone los pelos de punta a Noelia Martínez, cooperante del programa. Como expone esta asturiana, «los niños pueden olvidar. Los mayores lo tiene más difícil». Sobre todo cuando el 'enemigo' está puerta con puerta.
El padre de Petrit Froku era representante de la comunidad albanesa del pueblo de Kos. Murió a manos serbias en 1998 cerca de su casa. Ahora le toca a él tirar de los once hermanos que forman esta familia albanesa católica (la mayoría de los albanokosovares son musulmanes). Petrit no desaprovecha ninguna ocasión para informar que él trabaja «por la paz». Esta actitud le ha convertido en un experto en resolución de conflictos vecinales y en un pilar fundamental del Programa Clarín.
El 85% de la población que vive en Kosovo es albanesa. Si la que ondea en Osojane es la bandera serbia, en núcleos urbanos como Peje o Istok, el águila negra sobre fondo rojo de Albania le lleva ventaja al emblema oficial de Kosovo. La que representa a las seis etnias mayoritarias con seis estrellas, pintadas con los colores de Europa. En Kosovo existe una compañía de teléfono para cada grupo étnico. Bosniacos, serbios y albaneses estudian en colegios diferentes, con libros diferentes. Muy pocos se jactan de usar los dos idiomas: serbio y albanés. «El fin del Programa Clarín es que los monitores locales, que representan a todas las etnias, formen su asociación y decidan juntos sus reivindicaciones», concluye Noelia Martínez. Lo más difícil será determinar a quién planteárselas.

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