El avión se había llenado ya. La familia de Abassi viajaba, como es de suponer, en la clase turista. En dos asientos, el matrimonio y en la parte paralela, los tres hijos. En principio, cundió un silencio absoluto, empezaba a llover y, aunque discurría mayo, se diría que aquel día, precisamente, el cielo se encapotaba y asomaba en él una capa grisácea, como si anunciara un próximo invierno.
Abassi abrió un periódico y le mostró a su mujer uno de aquellos titulares que anunciaban un artículo.
-Mira, Milani -dijo en voz baja-, el acuerdo está próximo, pero tú y yo sabemos que el hecho de que se firme un documento dando fin a esta trágica contienda no significa que termine la guerra, la guerra de las personas. Los kosovares y los serbios seguirán luchando infinitamente.
-Es por eso que no piensas volver allí nunca jamás... -el avión se remontaba-. Y te comprendo, Abassi, además, opino como tú, la guerra cuerpo a cuerpo continuará indefinidamente.
-Allí no nos queda nada, Milani. Hemos visto ambos morir a mis padres, a tu tía abuela, a mis hermanos, hemos visto cómo la casa se alzaba en llamas. Nada nos queda en Kosovo, por eso lucho por un mundo nuevo y una vida diferente. No busco dinero, sino un bienestar que logre a través de nuestro trabajo, el tuyo y el mío, una educación natural para nuestros hijos y una serenidad en un hogar tranquilo y apacible, dentro del equilibrio que le daremos los dos.
El agua arreciaba, el avión se remontaba, pero tal se diría que el asomo de la tormenta iba a perseguirlos todo el trayecto. Hubo un momento en que el avión incluso osciló, se diría que subía y bajaba con demasiado ímpetu y volvía de nuevo a sostenerse. Pero el agua azotaba los cristales de un modo infernal, como si al chocar contra ellos fuese a romperlos en mil pedazos.
-No tenemos un buen viaje -siseó Abassi-.
Milani estaba apretada contra él temblando como una criatura. Era la primera vez que ambos subían a un avión y el día no acompañaba en absoluto. Además, según pensaban, desde el avión una tormenta producía más temores porque los ruido hacían pensar que el avión fuese a estallar, los truenos y el agua daban sensación de asfixia, como si el mundo se fuera a terminar en aquel instante.
En esos momentos se oyó la voz del piloto a través del micro.
-Abróchense los cinturones y pongan firmes los asientos. Estamos atravesando una tormenta pero esperamos dejarla atrás en breve.
Abassi y Milani veían a través del pasillo cómo las azafatas se acurrucaban unas contra otras pegadas a la cabina del piloto.
-Esto no va bien, Abassi -dijo Milani-.
-Dios hará que no suceda nada -replicó Abassi-. Se oía un murmullo a través de todo el pasillo. También veía Abassi que los pasajeros se movían en sus asientos constantemente, sin que el agua dejara de azotar los cristales y el ruido de los truenos parecía romper el cielo, haciéndole evocar a Abassi la desagradable visión de la guerra en Kosovo.
De repente, se oyó un ruido extraño, profundo, muy fuerte, como algo que se casca, que se rompe, y Abassi pudo apreciar que las azafatas se precipitaban a la cabina.
-Ve a ver qué pasa, Abassi -le suplicó Milani-.
-¿Yo?
-Me parece que estamos cayendo, descendiendo, Abassi... tú puedes evitarlo.
-¿Yo?
-Abassi, por favor, ve a la cabina, ofréceles tu ayuda, tú sabes que puedes lograrlo.
-A mí nadie me ha llamado y no pienso moverme de aquí.
-El avión desciende a toda prisa.
-Pero se eleva otra vez.
Y era cierto. Se diría que el avión daba tumbos en el aire y Abassi se dio cuenta de que algo sucedía, porque las azafatas no cesaban de moverse junto a la puerta de la cabina abierta. Hundió la mano en el bolsillo y palpó la moneda que seguía caliente, después miró a sus hijos que a su vez volvían la cabeza hacia él con una mueca de terror fija en el semblante.
Abassi, en principio, pretendió levantarse y acercarse a ellos para tranquilizarles, pero había más niños a bordo y más personas que pensaban como su mujer, que algo estaba ocurriendo bajo aquella tormenta aterradora, que parecía empujarles, más que conducirles con los motores.
El viento golpeaba las ventanillas y tal se diría que el agua iba a entrar por los cristales que de un momento a otro parecían romperse.
-Vete, por favor, algo ocurre allí dentro... Ese ruido, ese vaivén del avión... Algo sucede, Abassi, tú sabes cómo ayudar.
-Yo no soy capaz de ayudar en esto.
-Sí eres capaz, Abassi, por mucho que reniegues de tus poderes, eres dueño de ellos. Recuerda lo que llevas en el bolsillo.
-¡Dios mío, Milani!, prefiero que me dejes en paz, y si Dios quiere que todos muramos aquí, moriremos, pero no me obligues a mí a dejar de sentirme persona, sólo persona... A la vez que hablaba, se daba perfecta cuenta, como si un sexto sentido se lo estuviera advirtiendo, que la catástrofe se produciría de un momento a otro. Él no había subido nunca a un avión, pero sabía lo suficiente para reconocer que algo no funcionaba.
-¡Vete, Abassi, vete por favor, por Dios santo, vete!
Y como un autómata, Abassi desprendió el cinturón que apretaba su cintura y tambaleándose, paso a paso y apoyándose en los asientos del pasillo, acudió a la cabina.
Una azafata, tambaleándose como él, fue a su encuentro.
-¡Señor, vuelva a su lugar! ¡Por favor, siéntese donde estaba! No sucede nada, todo se va a arreglar.
Abassi, bajando la voz, dijo mirando fijamente a la azafata:
-No entiendo nada de aviones, pero juraría que éste no va a aterrizar, y no, porque el ruido que se ha oído hace un momento, lo produjo el tren de aterrizaje que se rasgó.
-Por favor, señor... -e intentaba empujarlo hacia el asiento.
Abassi la miró de nuevo, y de tal modo la miró y de tal modo pronunció unas palabras que la azafata se vio obligada, como empujada por una fuerza superior, a darle paso.
-Déjeme hablar con el piloto, por favor.
Aquellas palabras sonaron como algo especial en los oídos de la joven, porque automáticamente, como si una fuerza la dominara, se retiró y Abassi pasó ante ella.
Sus pies caminaron pesadamente hacia la cabina y cuando se recostó en la entrada, pudo ver que piloto y copiloto se miraban consternados uno a otro e intentaban, en la densa lluvia que caía, ver unas luces del aeropuerto que sólo parecían luciérnagas en la noche.
-Así -decía el piloto- yo no puedo aterrizar. Abassi entró y cerró la puerta. El piloto gritó.
-¿Qué hace este hombre aquí?
-Permítame ayudarle, señor -dijo Abassi humildemente-. No he visto un avión en mi vida, ni soy piloto de nada, pero tal vez pueda ayudar.
-¡Déjese de tonterías! Si no podemos nosotros, ¿cómo va a poder usted?
-Ese ruido que se ha sentido ha sido el tren de aterrizaje, tendrá que aterrizar sin él, y encima, con esas luces que estamos viendo allá abajo, mal podrá usted divisar la pista que ha de tomar el avión.
-No me diga que usted sí lo ve.
-No lo veo, no, tiene usted razón, pero Dios me dotó de una intuición especial.
-Me llamo Samuel Terol -dijo el piloto a gritos intentando dominar el avión que daba tumbos en el aire- y llevo diecisiete años pilotando aviones por todo el mundo.
-Lo entiendo, señor. Y también creo en su pericia, pero esta vez los elementos han podido con nosotros, y lo único que yo intento es poder con los elementos -lo decía rotundo, categórico, sin arrogancia, con aquella humildad de la que siempre estaba dotado Abassi. Tanto es así que azafatas, piloto y copiloto se quedaron rígidos y le permitieron manipular, aún de pie e inclinado hacia adelante, en aquellos botones que de repente enderezaron el avión-.
-¿Qué piensa hacer? -preguntó el copiloto-. Me llamo Miguel Torrado y llevo más de veinte años viajando de copiloto y, aunque me vi en trances como este alguna vez, no es fácil salvar la situación.
-Déjeme a mí. Yo no soy hábil ni experto, pero dispongo de una intuición especial. Permítanme que aterrice el avión.
-¡Está usted loco!, si no conoce el manejo de un avión, si dice que nunca subió a uno, ¿cómo va a poder hacer que este aterrice?
-Al menos, déjeme probar. Tengo la certidumbre de que las luces me guiarán.
-Si no se ven las luces, si sólo parecen luciérnagas -gritaba el copiloto, porque el piloto ya se había quedado estático sabiendo que de cualquier forma que fuese, nunca podrían tomar tierra en aquellas circunstancias, pero, para asombro de todos, Abassi, inclinado hacia adelante y sin que ellos se levantaran del asiento, apretó un botón y el avión empezó a enderezarse y a descender lentamente-.
-Voy a dar la vuelta al aeropuerto y entraré por el canal iluminado por luciérnagas, como usted dice.
-Eso no logrará conseguir que el avión tome tierra.
-Es que yo -dijo Abassi sin mirarlo y continuando manipulando los botones-, yo no veo luciérnagas, yo, al contrario que usted, veo luces.
-¿Luces? si no las hay...
-Déjeme. A fin de cuentas, usted mismo lo está diciendo, no tenemos salvación. Y si es así permítanme jugar con la Providencia.
Piloto, copiloto y azafatas se levantaron como autómatas. Miraban con estupor cómo aquel hombre alto, erguido, con el rostro lleno de pecas y el cabello rojizo y encrespado, sin siquiera sentarse, movía la palanca y el avión navegaba como una seda.
Dio varias vueltas al aeropuerto y de repente, empezó a descender en medio de una oscuridad totalmente cerrada.
Se miraban unos a otros aterrados, pero el avión, con más o menos tumbos, sin tren de aterrizaje, entró en el canal y rodó por la pista arrastrando su barriga.
Los gritos dentro del aparato eran aterradores, las maletas caían unas sobre otras, y Abassi pensó que sin duda habría algún herido, pero tenía que hacer aquello, tenía que salvar aquella situación y sabía, intuía, que podría lograrlo.
Cuando el avión, jadeante, con la barriga arrastrada por la pista se detuvo, él no esperó nada. Salió de la cabina como despavorido. Asió a su mujer y a sus hijos y se lanzó hacia la escalerilla. La abrían en aquel instante. Fueron los primeros en descender. Los gritos aún no habían cesado.
Los camiones de bomberos, los coches auxiliares, la policía, todos se arremolinaban en torno al avión, pero Abassi no quería saber nada y empujó a sus hijos escalerilla abajo y fue el primero, con su familia, que entró en el aeropuerto y se deslizó entre el gentío hacia la puerta de salida.
Volvía a llover torrencialmente, y dentro del barullo que se había provocado en el mismo avión, y desde el aeropuerto que contemplaba el brutal aterrizaje, los taxis iban de un lado a otro sin detenerse apenas. Subían a ellos los viajeros y se perdían hacia Madrid.
Abassi todavía no había pronunciado una palabra y la mujer que le seguía, tampoco. Los niños continuaban sollozando pegados a las largas piernas de su padre.
De repente, como si le hubiera silbado, un taxi se detuvo frente a ellos, y Abassi empujó a sus hijos y a su mujer hacia el interior.
A través de los altavoces se oía cómo se llamaba al pasajero que había ayudado en la cabina del avión. Pero Abassi no quería oír, no quería saber nada, había salido de aquella una vez más y lo único que pretendía en aquella infernal noche era un lugar para descansar, un lugar para encontrar una tregua en el final de su viaje.
-¿A dónde? -preguntó el taxista.
-A una fonda. Llévenos a una fonda, la que usted prefiera.
-¿Venían ustedes en el avión que ha aterrizado a oscuras?
-No -dijo Abassi-. No.
-Pues ha sido una proeza ese aterrizaje. Por toda respuesta, Abassi miró hacia la calle. Seguía lloviendo. Hundió la mano en el bolsillo y palpó la moneda que aún estaba caliente...