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HACE 13 AÑOS QUE SE FUE
13.10.08 -

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A pesar de ser una autora de revelación tardía, la gijonesa María Teresa González Fernández (1950-1995) no necesitó de mucho trayecto para alcanzar una maduración provechosa, eludiendo, de ese modo, los titubeos propios de la primera juventud, que ella consagró a otras tareas que consideró más urgentes, relacionadas con la reclamación de una dignificación social del trabajo, así como de una necesaria conciencia asturianista, por lo cual no cabe achacársele un desconocimiento sobre el terreno de la situación en que se movía el debate lingüístico en Asturias. Mujer de férreas convicciones ideológicas y de no menos contundentes opiniones que trasladaba a sus interlocutores sin medias tintas, María Teresa González vivió intensamente, en su Gijón natal, los primeros pasos de las reivindicaciones idiomáticas por su pertenencia al movimiento impulsado por Conceyu Bable, pero tuvo el acierto en su ejercicio literario de no encasquillarse en el cultivo de una sola de las dos lenguas que practicaba, sino que las hizo compatibles para expresar sus anhelos, y nunca redujo el nivel de exigencia de una para favorecer a la hermana. De ello dan prueba fehaciente sus creaciones en español y bable, que corren paralelas en cuanto a resultados y rigor constructivo; a sus textos les fueron reconocidas, en diversos certámenes, las calidades intrínsecas que los asistían, de forma que, aunque su producción sólo abarque un decenio, logró hacerse con una voz personal y diferenciadora que evolucionó desde la exteriorización del compromiso ético con sus semejantes a un intimismo reconcentrado y consciente de la dimensión perecedera pero trascendente del ser humano. Avanzó del nosotros compartido a un yo esencialista que quiere explicarse al resto de oyentes, y cuidando en todo momento la impecable factura de sus contribuciones, lo que confiere a su propósito un indudable sesgo de perennidad.
Los poemas de Tere González han sido calificados como experienciales porque surgen del camino recorrido por la autora, que cuando los compone ya tiene a sus espaldas una experiencia a la que extraer jugo e irán modificándose según vaya ahondando en su mundo personal. Al principio tienen un tono confesional, utilizan un interlocutor, repiten estructuras muy visibles como el paralelismo y se alargan aun a riesgo de provocar cansancio en el lector; después, van eliminando ese destinatario externo para volver la mirada sobre sí mismos, se adelgazan a propósito, se hacen más herméticos, gustan de metáforas cercanas al surrealismo y buscan una mayor densidad mediante la condensación, eliminando los subrayados a que era aficionada en sus comienzos y que se mostraban en la reiteración de estructuras o en las llamadas a una segunda persona que en los libros finales se sustituirán por la meditación sosegada del propio yo poético de la escritora.
Lo que va a permanecer con pocas variaciones, a lo largo de su producción, son: la melancolía sentimental que destila la forma de decir de Teresa González; la cotidianidad comunicativa, de sano coloquialismo, en que se insertan unos textos que no suenan artificiosos; la presencia de elementos regeneradores como el agua y la playa; la emoción que a la poetisa le despiertan el paisaje inmediato y las cosas mínimas; la voluntad decidida de solidarizarse con los débiles y la recurrencia en los asuntos que toca, y que podríamos resumir en el amor incompleto, la soledad y la infancia irrecuperable. Ella misma los enumeró en la poética que escribió en 1988, afirmando que eran los temas los que la escogían. El primero sería «la infancia, qu'agora se m'ufierta na envoltura engañosa qu'apurre la distancia»; el segundo, «amor y desamor», y el tercero, «el mio entornu físicu, que va camudando fasta tornase oriscamente estrañu». A ellos se iría añadiendo el tiempo que se va y deja una estela en el recuerdo o la cada vez más presente acechanza de la muerte, que ella veía, con cierta anticipación, «esclucándomos dende la oriella incierta de la nueche, al algame de la nuesa fraxilidá». En la obra de Mª Teresa González a veces se impone una suerte de desesperanzada decepción que desecha el ruido, aceptando el fracaso y dándole nobleza. O al reconocer su insignificancia en el conjunto de seres y objetos que la rodean y van contorneando su desamparo, pues la autora nunca deja de buscar su lugar en un mundo que la ahoga:
En sus composiciones hay un constante deseo de mejorar, de explorar territorios que nadie haya pisado, como se aprecia en estos versos: «Quixera inventar una imaxen, / atrapar nel tediu una pallabra / que naide hubiere escrito. / Un xemir diferente / al repetíu ecu qu'asoleya'l deséu». Y en iguales proporciones con que anda a la caza de la novedad reconfortante, del hallazgo literario que permanezca y no sea instantáneo destello, también persigue el espacio idílico de lo que hemos dado en llamar felicidad, y que la poetisa imagina compartido: «Espérame / nesi llugar / onde'l día y la nueche son collacios, / onde'l silenciu canta adormecíu / y nun manca'l dolor / y too calla».
El amor apasionado, sensual y fogoso que desde sus inicios había colmado los versos en asturiano de Teresa González adquirirá carta de naturaleza superior en su único poemario en español: 'Con húmedos lamentos de felino'. En los 22 textos del libro asistimos a una exaltación de las pulsiones sexuales contempladas desde el momento actual, sin recurrir al pasado, como sí se da en sus piezas en bable que tocan parecidos asuntos, si bien con menor intensidad y explicitación. La entrega corporal de los amantes tiene aquí lugar haciendo coincidir, en un mismo punto, los aparejamientos de los gatos con la carnalidad de hombres y mujeres. El acierto de la poetisa consiste en no marcar dónde termina la acción del animal y comienza la de los humanos, ya que el ímpetu amatorio y la irracionalidad no son exclusivos ni de unos ni de otros. Ejemplo del entrecruzamiento armónico de ambos universos amatorios es, me parece, un poema como éste: «Gatos heridos de febrero / se persiguen. Olisquean / sobre oblicuos tejados / los húmedos aromas de los sexos. // Nos alcanza su celo / estallando en gemidos, deseos / rompiendo las penumbras / que engullen nuestros cuerpos. // En un súbito acorde / su lamento y mi grito / alborotan las lunas de los pechos / de esta noche que quema / en los visillos».
La veta narrativa de María Teresa González consta de una veintena de cuentos, ninguno de ellos demasiado extenso y sólo uno está redactado en español, por lo que en esta faceta el dominio dialectal es mayoritario, aunque el hecho de que esa única muestra se corresponda a la última fase de su vida quizás indique que estaba entre los planes de la escritora gijonesa una incursión más duradera por esa vía, ya que no compartía la opinión de escritores bablistas que consideraban una traición emplear para la creación también la lengua española. En sus relatos, Teresa González desplegó diferentes registros, desde la introspección sensitiva, la recreación de ambientes marginales o la alegoría simbólica hasta la parodia irónica de géneros como el terror o las narraciones fantásticas. En ellos, destaca la sencillez y esmero con que se van acotando la fábula y la descripción de sensaciones y conductas, muy próximas a una oralidad que se actualiza para encandilar a los nuevos lectores. No todos los cuentos optan por un mismo patrón, pues a veces introduce en su esqueleto combinaciones más arriesgadas e innovadoras. Rasgos característicos de su modo de hacer son el detalle visto con ojos poéticos; el humor relajante en situaciones tensas para satirizar las conductas contemporáneas; las notas eróticas; los finales con sorpresa o una evidente revalorización del papel de la mujer desubicada que busca su lugar en la sociedad.
Los cuentos de Tere González se construyen alrededor de muy pocos personajes y en los mismos nos encontramos predominantemente con antihéroes con dificultades para relacionarse o con personajes singulares como muertos, vampiros y fantasmas, en un intento de traspasar la frontera que separa vida y muerte para descargarla de misterio y del miedo que le es inherente. Por encima de todo, a la narradora le interesan las gentes corrientes y anónimas, avezadas a la rutina, que sufren indiferencia social y acaban descubriendo que la felicidad reside en el valor de las pequeñas cosas. Como una extensión de sus propias aspiraciones, en sus cuentos abundan las mujeres de una cierta edad y que no han alcanzado lo que comúnmente llamamos «realización personal», mujeres a las que la vida no ha dado trato de favor y que buscan su independencia refugiándose en espacios solitarios donde se concentran en verbalizar su desasistimiento mediante la escritura: no pocas son narradoras o tienen contacto con la literatura o se agarran a ella de forma obsesiva para construirse una vida distinta que haga frente al paso del tiempo mediante la reelaboración de momentos dichosos como el de la infancia, donde la pureza e inocencia de las ilusiones permanecen intactas.
El empeño de María Teresa González Fernández halló eco entre aquellos a los que se dirigió, y su labor quedó sobradamente cumplida, objetivo cimero en nuestro deambular por la vida.

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