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Asturias

EXCLUSIVA DE EL COMERCIA

El periodista ovtense Yago González, que trabaja en la revista de la Universidad de Navarra 'Nuestro Tiempo', se encontraba ayer a las 11 de la mañana en la Facultad de Comunicación del centro, a unos 300 metros del aparcamiento donde estalló el coche bomba que dejó a 21 personas heridas en la capital navarra. Una privilegiada posición desde la que narra para El COMERCIO en primera persona los dramáticos minutos que se vivieron tras el atentado en las inmediaciones del 'párking' elegido por la barbarie terrorista.

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Buscaban sangre joven», dice el periodista Fernando Ónega en la tele del salón. Lo que viene ahora es lo de siempre: atriles, ruedas de prensa, opiniones, tertulias. Palabras. Vídeos, ondas y páginas llenas de palabras. Pero lo que cuenta es lo que sucede antes. Tres horas antes. El silencio tartamudo entre el fuego y los titulares. El móvil, el «estoy bien» entrecortado, el hombro del amigo. De eso va el terrorismo. Lo demás es literatura y codazo.
Desde que empecé a trabajar aquí, el 1 de octubre, mis compañeros de la revista 'Nuestro Tiempo' y yo solemos tomar el café de media mañana entre las once menos cuarto y las once. Minuto arriba, minuto abajo. Horario de máxima audiencia en el bar de la Facultad de Comunicación. Ayer, no sé por qué, no lo hicimos: cada uno estaba a lo suyo. Delante del ordenador, preparaba una entrevista a Arcadi Espada que el director, Javier Marrodán, y yo pretendíamos realizar la semana siguiente en Barcelona. Papeles, correo, ratón, clic, clic, clic. Alguna broma con Sonsoles, mi redactora jefa y compañera de mesa. Sorbito al botellín de agua.
Y el estruendo. No recuerdo qué fue lo último que leí en la pantalla. ¿Qué coño importa? Lo que sí me vino a la cabeza fue una anécdota nimia que había tenido lugar en la propia redacción dos semanas antes: estábamos reunidos cuando un pequeño temblor sacudió un poco la pared de cristal de la sala. ¿Tormenta? ¿Terremoto? ¿Bombazo lejano? Nuestros vecinos de arriba de la Radio Universitaria también lo habían oído. Periódico local en internet: nada. Más tarde supimos que un caza militar que sobrevolaba Pamplona había rebasado la barrera del sonido. Suspiro. Y al tajo.
El pensamiento duró un segundo. Al siguiente, las palabras bomba y ETA ya cruzaban mi cerebro. No pensé mucho más. El bramido se cargó todas las barreras: la del sonido, la de la quietud y la de la ansiedad. El mismo cristal vibró como golpeado por media docena de 'hooligans'. Ni caza, ni terremoto, ni leches. Salimos a toda prisa de la redacción. Ruido de portazos: tropeles de estudiantes y profesores abandonaron las aulas y salieron al ancho pasillo de la Facultad para asomarse a la cristalera de la fachada. Frente a nosotros, la explanada que une nuestro edificio con la Facultad de Derecho y el edificio nuevo de Bibliotecas se empezó a llenar de gente que, asustada por el ruido, dejaba sus respectivas ocupaciones para intentar averiguar la causa. Pensé en esas hormiguitas que se volvían locas de desconcierto cuando las pisabas de pequeño. Muchos iban hacia un mismo punto: bajaban las escaleras de la explanada que llevan al edificio viejo de Bibliotecas, a pocos metros del Edificio Central. Me temí lo peor, y la columna de humo negro que se levantaba sobre el campus me lo confirmó: bomba, ETA.
Salí corriendo a toda mecha. Al cruzar la puerta de la Facultad, vi con el rabillo del ojo el rostro de Justo, el bedel: color gris ira. La situación exigía coordinación física: mientras me abrochaba el abrigo y daba zancadas, el pulgar tecleaba un mensaje en el móvil: «Bomba en la uni. Estoy bien. Besos». Enviar a: Mamá. Crucé la explanada y bajé los escalones de tres en tres. Abajo, la puerta de la Facultad de Económicas parecía el andén del metro en hora punta. Doblé la esquina y ahí, a unos cincuenta metros, la 'noble' lucha armada escupiendo llamas.
Hasta entonces, hablar y opinar sobre el terrorismo etarra era para mí como contemplar a una fiera en un zoo: sí, da miedo; sí, es peligrosa de cojones, sí, oigo su rugido. Pero yo estoy a salvo, al otro lado de los barrotes, tranquilo, pensando en que los devorados casi siempre son polis y políticos con los que no tengo nada que ver. Que entre el zarpazo y la frase indignada media un telediario. Ayer el telediario llegaría después: el zarpazo echaba humo frente a todos nosotros, en el mismo aparcamiento donde yo había dejado el coche 24.456.789.239 veces, donde yo había caminado hacia el Central otras 31.207.402.668 veces en estos seis años que llevo en la Universidad. Vi un coche, o dos, no estoy seguro, calcinados y retorcidos. La mañana de los cristales rotos: en el lateral del Central, en las ventanas de la Biblioteca (¡donde tanto fichábamos a las chavalas que entraban y salían!), hasta en mi propia Facultad, unos 300 metros cuesta arriba. La absurda irrupción del absurdo.
La estupefacción, la angustia y la impotencia formaban corrillos de chicos intercambiando balbuceos: «¡Una bomba!», «¿Dónde estabas?», «Mi hermano estaba en...», «¡Hijos de puta!», «¿Has visto a...?», «No me lo creo...» y en ese plan. Las llamadas a casa colapsaban la red telefónica, pero todos se llevaban el móvil a la oreja una y otra vez hasta dar la buena nueva: «Papá, han puesto una bomba. No te preocupes, me encuentro bien». Los cigarrillos se multiplicaban con los nervios. Yo, que fumo muy poco, apuré dos pitillos en dos minutos con la mano en pleno tembleque.
Y caían lágrimas, por supuesto. La reacción biológica ante el horror. Una alumna extranjera sollozaba en inglés, dos chicas se abrazaban a mi lado y otras tantas entrelazaban sus dedos como compartiendo el trance. No fueron éstos, sin embargo, los detalles que más me anudaron la garganta. En primera fila, a pocos metros del 'parking', vi a Javier, mi jefe. Había salido tan disparado de la Facultad que le perdí de vista, no sabía si se había quedado dentro. Pero no. Ahí estaba, como el enorme periodista que es, a pie de noticia. Me fijé en su cara, en sus ojos, menos azules que diez minutos antes. Jamás he visto la tristeza y la rabia tan bien dibujadas en un rostro humano. Él, con veinte años de reporterismo ejemplar a las espaldas, con una gran cultura sobre la pústula terrorista, con un carácter templado y afable como nunca he conocido, rezumaba dolor. Me dijo: «¿Qué pensaría el tío que ha hecho esto si viese las caras de toda esta gente?». Llevamos décadas buscando la respuesta, amigo Javi.
Sirenas y cintas. En pocos minutos, la Policía desalojó la zona, y riadas de estudiantes bajo sus paraguas (nunca me ha gustado la lluvia) tomaron rumbo hacia el barrio de Iturrama, anexo al campus. Los primeros periodistas empezaban a dejarse caer. De los grupillos bajo el puente de la calle Esquíroz se descolgaban más datos: «Dicen que hay otra bomba en Ciencias». Seguían las llamadas, los sollozos, los cigarrillos. Para más jodienda, Murphy y su ley me aguaron la mañana y vaciaron mi teléfono de batería. Pedí prestado uno y hablé con mi padre, allá en su consulta de Pola de Siero: «Lo importante es que estés tranquilo», me dijo. No lo estaba. Cogí un taxi y para casa, a cargar el móvil y cagarme en el mundo. Hablé con el taxista. «¿Qué panorama, eh?», dije. «Esto es de auténticos cobardes, atacar a unos chavales estudiantes. ¿Qué opresión, qué conflicto ni qué coño?». En una ciudad pequeña, como Pamplona, la cosa salpica a todos: «Mi hijo es policía, de la rama de investigación, del CSI ése, y está ahora en el campus acordonando la zona». Tres euros. Gracias, amigo.
Informé a Iván, mi compañero de piso. Puso cara de «mal día para salir de la cama». Tiene una asignatura impartida en el Edificio Central, y cualquier otro día podría estar caminando por esa zona a esa hora precisa. Azar. Su ex novia, estudiante de Filología Hispánica, estaba a 200 metros del coche-bomba. Encendí la tele: heridos leves. Suspiro. Encendí el ordenador, como hago siempre que llego a casa. Encendí un grupo de Facebook, «Unav contra ETA», porque para algo está la universidad. Para protestar. Para no doblegarse. Para rebelarse desde la cultura, la formación, la educación, la sensatez. Hoy bajé a trabajar con más ganas que nunca.

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