Así que en la primera parte los nuestros avasallaron a los castellanos, en la segunda parte la muchachada rojiblanca se gustó tanto que acabó perdonándole un saco de goles a los de Pucela y, al final, un nuevo cabezazo nos dejó ya no el mal sabor de boca del pasado partido, sino un miedo de la puñeta por todo el cuerpo. La gente salía de El Molinón tocándose el pecho no en busca de la cartera, el móvil o la cajetilla de tabaco, sino para comprobar que la patata seguía allí, en su sitio y entera, indemne.
El Valladolid decidió posar para la prensa con un cambio casi completo de cromos, pero la foto volvió a salirle a Mendilíbar borrosa, movida, en blanco y negro. En los primeros cuarenta y cinco minutos García Calvo e Iñaki Bea acabaron pareciéndose demasiado a los Luis Prieto y Nano del pasado miércoles, y la pareja de moda en el Sporting, Carmelo y Barral, que se buscan y se encuentran con una facilidad envidiable, elevaron a cinco los chicharros pescados en el Gol Sur. Lástima que faltara el gol que hacía el set, porque se mereció con creces y hubiera lucido bonito. Además, en el centro del campo, como Matabuena el pasado miércoles, Camacho se bastó y se sobró para comerse a todos los que le pusieron enfrente, delante y detrás, y por si fuera poco, quizás porque ya había jugado el partido de Copa y no quería pasar por otra experiencia similar, Marcos, el capitán del Valladolid, ayudó quitándose de en medio a la media hora de partido, con el 2-0 presintiéndose en cada ataque y con un vendaval de aúpa soplando. Aquello olía, como poco, a 'jorobu'.
Pero como ya se ha insinuado, al guionista de estos dos últimos partidos, piadoso él, le salió la vena tacaña y nos negó una tarde de capricho, jolgorio y abundancia. De pronto, al Sporting, como en la Copa, pero con un gol menos a favor en el electrónico, le sobrevino un ataque de bondad y, como dicen los Juanma Lillo de este mundo de luminarias que es el balompié, «contemporizó». Esto es, se dedicó a despachar un partidazo y a fallar una buena pila de goles, uno de ellos, en concreto, fruto de la jugada más guapa que se ha visto por estos pagos desde que empezó el curso, y que si llega a entrar, obliga a acelerar de una vez por todas la remodelación de El Molinón. Porque se hubiera caído. Ahí se nos quedaron a todos los pañuelos en la mano, en un gesto de frustración y rabia. Una lástima para las hemerotecas.
Cuando el Sporting carbura, da gusto. Y ahora mismo, al menos en casa, el equipo carbura. Vaya si lo hace. La palabra clave que define al equipo, y en la que todo el mérito se me antoja de Preciado por haber logrado inculcar semejante filosofía a sus jugadores, es dinamismo. Un equipo apático y trotón es, en el fútbol actual, un equipo muerto. Si no corres -si el balón no corre-, estás frito. Muy pocos equipos juegan tan deprisa, asociándose tan bien y con tanta movilidad como el Sporting de hoy, cuyo estado físico resulta por momentos apabullante. De ello tienen culpa los interiores -Luis Morán crece jornada a jornada como jugador de Primera-, los dos números nueve -independientemente de que juegue uno u otro, aunque Barral desmarcándose es un lujo: en este lance recuerda a Archibald y al mejor Butragueño-, los dos recuperadores -que siempre dan al equipo balones cuando el contrario sale- y, por descontado, el jugador que, hoy por hoy, marca las diferencias en este equipo.
Ya se ha escrito desde esta tribuna con ocasión de otros partidos, pero no está de más recordarlo, porque hacía tiempo que un futbolista español no lucía así en El Molinón. No sé cuántas temporadas durará Carmelo en el Sporting, aunque ahora parece que la caja está algo saneada, pero a este jugador hay que mimarlo y disfrutarlo como si cada partido que jugara con nosotros fuera el último. Futbolista distinto, que no se parece a nadie, diferente incluso en su expresión en el campo -quizá por esa forma de correr que tiene, casi vertical, como un cuatrocentista-, Carmelo siempre juega a algo distinto, a otro fútbol, el que está en la cabeza de unos pocos elegidos, esos que justifican que la gente siga acudiendo a los estadios y garantiza que este bello deporte, a pesar de los pesares, no desaparecerá nunca. Si además, a punto de acabar la primera vuelta, navegamos novenos y con un guionista que, como en las películas de buenos y malos, nos hace ganar sufriendo, la pregunta parece obvia: ¿Alguien da más?