N UNCA pensé tener que tomar prestado un verso del de Fuentevaqueros para tal menester. Lo tengo escrito, publicado, hablado ante autoridades políticas, alumnos, antiguos alumnos, profesores... Todo el mundo que me conoce sabe mi opinión respecto a la necesidad urgente de acometer obras de mantenimiento, reparación y restauración de la obra de Moya.
Guardé un prudente silencio -hoy diré que ominoso- mientras, iniciadas las obras, llegaban noticias alarmantes sobre el desigual trato de según qué partes del edificio. No soy, con respecto a la 'casona', más que un antiguo alumno que quiere a la Laboral, desde que habitó dentro de sus nobles muros, como lo que fue: un segundo hogar. Algo, por lo demás, común en el sentimiento de la inmensa mayoría de todos cuantos hemos pasado por esa casa, bajo cuyos techos estudiamos y leímos los versos del poeta de que tomo prestado uno para intitular este artículo.
Con todo, quiero manifestar que lo de los 'furacos' en el hall del teatro quizá sea una nonada si lo comparamos con otras 'actuaciones'. ¡Que no quiero verla! Hace unos meses, sin embargo, fui invitado a un acto de presentación de un proyecto por parte de una empresa privada, cuyo evento quiso organizar en tan magno solar. No me pareció elegante declinar la invitación y asistí a tal evento, que tuvo lugar en una de las nuevas salas aledañas al teatro, donde antiguamente estaba la sala de exposiciones del centro. Mis recelos a entrar en la que siempre considere 'mi casa', no obedecían a otra cosa que al temor de encontrarme con sorpresas desagradables. Y aunque es de justicia reconocer el esfuerzo inversor en la Laboral, para los que la conocemos bien supone un espanto lo que a continuación narraré. El acceso a la sala de la que antes hablé se realiza a través del vestíbulo del teatro, donde eché en falta tres lámparas que estaban alineadas en el techo. De gran porte -hay documentos gráficos-, estaban perfectamente integradas en tan gran espacio, ahora que tanto importa el ahorro energético. Eran de planta octogonal, de acero, y estaban compuestas por ocho bombillas cada una (veinticuatro en total). Unos elementos que daban aún mayor majestuosidad al hall. ¿A quién le estorbaban?¿A qué 'artista' le pareció que no 'pegaban' allí? ¿Quien osó descolgarlas?¿Dónde están? Por el contrario, vi colgadas a cierta altura de las paredes unas luminarias que no recuerdo haberlas visto nunca, y también creo que desaparecieron unos apliques que, a modo de hornacinas externas de construcción metálica y con tulipa de cristal translúcido, había en dicho vestíbulo.
No entré en el teatro para no echar en falta el mural del frontis del escenario, obra de Enrique Segura, un desmán de graves consecuencias porque era arte del que desgraciadamente no andamos tan sobrados por estos pagos. Se trataba de una alegoría de las Artes y Oficios inspirada en la Escuela de Atenas. ¡Menudo delito! La historia nos pedirá cuentas por tamaño dislate... Hacer desaparecer una obra de arte de esa categoría, nos recuerda mutilaciones de obras y otros atentados al arte que uno siempre suponía que sólo ocurrían por otras latitudes, nunca en un país civilizado.
¡Que no quiero verla!
Como tampoco existen los dos grupos de cuatro columnas rematadas con guirnaldas de metal, a ambos lados del escenario, 'aparecidas' con evidentes signos de maltrato en la zona norte del edificio, puestos en pie sólo los fustes, desprovistas ya de sus bases y de sus capiteles y en una ubicación sin ningún sentido.
Después del acto que allí me llevó, visité a un amigo de la casa y nos fuimos a la cafetería. Cuando estábamos llegando, miré para la fachada del teatro y divisé, a los pies del antiguo escudo de España, una pancarta 'institucional', quiero decir instalada por el centro, donde se podía leer la famosa frase que pasó a la historia por el asedio del cuartel del Simancas: «El enemigo está dentro. Disparad sobre nosotros». Inquirí a mi amigo sobre el sentido, no de la frase, sino de la pancarta, y éste me dijo que estaba allí para quedar. Desconozco, a día de hoy, dicho sentido.
Ya en la cafetería, eché de menos, en una de sus paredes, un hipocampo que a modo de mural siempre estuvo allí. Se trataba de un elemento artístico. Uno más que falta...
Del templo ¿desacralizado?, para qué vamos a hablar, con un tejemaneje con los bancos, ora fuera, ora dentro, ora de pie... Del valioso órgano, nadie dice nada, y nos tememos lo peor para tan gran y delicado instrumento.
Pero lo más grave de todo para el común de la gente está por venir. Vendrá cuando abran los nuevos viales por la parte norte del complejo y se pueda observar en toda su 'plenitud' cómo se desgració la fachada norte, con un enormísimo pegote que supone la caja escénica del teatro. Una ruptura absoluta con las líneas del edificio en todos los órdenes. Un desatino de proporciones tan gigantescas, como desproporcionado queda ese desgraciado anexo, sin el menor criterio estético.
El edificio de nueva planta que están construyendo con la calle como única separación, acaban de arreglarlo. Prácticamente acabado, sus colores gris y negro dan la impresión de que aún está a medio hacer y de que le falta la envolvente exterior. Queda 'metido' por el noble edificio, constituyendo otro verdadero desastre. Por si fuera poco, una infografía de la fachada de lo que serán los famosos minipisos, publicada días atrás por este diario, reproduce una «actuación sobre la misma» que cambiará algo oficialmente 'intocable'.
Pero, ¿quién es el osado? Pero, ¿dónde están los controles oficiales sobre estas actuaciones? ¿Dónde el Colegio de Arquitectos? ¿Dónde la defensa del arte? ¿Dónde los intelectuales de nuestro país? Las escasas voces que se escuchan contra estos desmanes no llegan a quien las tiene que escuchar. Pero, además, siempre llegan tarde.
Es imposible hacerlo con peor acierto, habiendo acertado en la necesidad de invertir en la conservación y en el uso del edificio. El más importante del siglo XX. Pero, ¡es que nadie lo ve?
¡Que no quiero verla!