El libro 'Érase una vez la escuela. Los ecos de la escuela en las voces de la literatura', de Carlos Lomas (editoral Graó), culmina con un capítulo, a modo de epílogo, titulado 'Cualquier tiempo pasado no fue mejor', donde el autor declara sus intenciones: mostrar que la escuela de hoy no es el caos (presidido por la violencia, la agrafía y la huida del libro), que algunos apocalípticos pintan, ni tampoco el limbo igualador de las desigualdades sociales con el que tanto adornan sus discursos los ministros del ramo.
Se pregunta si, en verdad, alguien bien informado puede creerse las patrañas de algunos medios de comunicación (siempre dispuestos a servir emociones recalentadas), cuando consideran que en las escuelas de hoy (con todos los niños y las niñas dentro de las aulas) se lee menos y peor que en las de antaño (cuando sólo acudían quienes contaban con el apoyo familiar); y todo eso en una época, como la actual, donde la industria edita a espuertas libros de literatura juvenil y adulta, y funcionan cada vez mejor las bibliotecas escolares. O esa otra falacia que divulga sin rubor que la violencia ha aumentado en relación con otras épocas y olvida, adrede, que la violencia forma parte del ámbito escolar en la misma proporción en que se halla presente en la familia, en los medios de comunicación, en los aprendizajes culturales y en los desajustes sociales.
Al adentrarse en las páginas de este libro, pronto se cae en el recuerdo de que en las aulas donde crecimos también hubo maltrato, violencia, analfabetismo funcional endémico y otras imposiciones. Sucede que éramos más jóvenes y portábamos un inmenso caudal de ilusiones que se llevaba por delante tantas miserias y tantas sombras. Por eso, se afirma abiertamente que el cometido de este libro no se inscribe en los territorios de la indagación estética ni de la crítica literaria, sino en la búsqueda de un ética en torno al valor de la educación que evite los espejismos de la nostalgia y la benevolencia de la memoria que tienden a edulcorar el tiempo pasado y a enarbolarlo como argumento contra la educación de hoy.
Contiene esta obra multitud de fragmentos literarios sobre la vida escolar, así como centenares de imágenes de la escuela de antaño, de escritoras y escritores, de manuales y enciclopedias escolares, de cuadernos y de lápices, de pizarras, atlas y pupitres con las que evocaremos cómo se forjó nuestra personalidad; ya que, a la postre, como decía Max Aub: «Uno es de donde estudió el Bachillerato».





