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Ganó Zapatero

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LAS previsiones se han cumplido. El PSOE de Rodríguez Zapatero podrá formar nuevamente Gobierno, para lo que necesitará menores apoyos parlamentarios que hace cuatro años, y el PP, que ha también ha mejorado -inútilmente- su posición, ha constatado el fracaso de su acción opositora durante esta pasada legislatura y habrá de plantearse los cambios y renovaciones que le auguren mejor suerte la próxima vez. Rajoy ha perdido por segunda vez su oportunidad de alcanzar el poder y, aunque parece lógico que gracias a este 'dulce derrota' se mantenga de momento al frente del partido, no sería razonable que aspirase a presentarse por tercera vez, por lo que desde hoy empieza la carrera sucesoria, que será dura y competida. La participación ha sido alta, aproximada a la de hace cuatro años. Y las fuerzas nacionalistas han experimentado, como presagiaban las encuestas, un descenso global, que ha sido espectacular en el caso de ERC y que debería suscitar en ellas una reflexión. IU ha cosechado también un resonante fracaso. En cualquier caso, el desfondamiento de ERC y de IU otorga un peso singular a CiU, que podrá imponer en Madrid sus condiciones en Cataluña y viceversa. Significativos han sido los descensos de PNV y EA en Euskadi, que algo tendrán que ver con el referéndum de Ibarretxe.

Como era previsible, el terrible atentado etarra cometido el último día de campaña no ha tenido probablemente incidencia apreciable en el comportamiento del cuerpo electoral, salvo, quizá, el de proporcionar un cierto impulso a la participación, que en teoría ha beneficiado al PSOE. Y dado que la campaña no ha ofrecido argumentos vitales ni espectaculares que hayan podido alterar significativamente las grandes tendencias preexistentes, puede afirmarse con cierto fundamento que este país ha respaldado críticamente la línea política general del Gobierno en mayor medida que la estrategia del principal partido de la oposición, que, si bien puede haber tenido razón en una parte de sus criticas, no ha sido capaz ni de graduarlas ecuánimemente ni de ofrecer al mismo opciones alternativas capaces de configurar una oferta creíble y consistente de recambio.

Los recuentos preelectorales han servido para efectuar los balances globales de la legislatura. El Gobierno socialista ha desarrollado una gestión controvertida y controvertible de dos asuntos de gran calado, la reforma territorial y el llamado -y fallido- 'proceso de paz', pero asimismo puede exhibir un balance muy positivo en materia de desarrollo socioeconómico y de reformas políticas de regeneración democrática y de contenido social: las leyes de igualdad, dependencia, contra la violencia de género y sobre el matrimonio homosexual, entre otras, componen un bagaje y marcan una tendencia que merecieron ayer el refrendo explícito de la opinión pública.Lo que ayer se votó fue el camino emprendido por el nuevo PSOE surgido de la renovación del 2000: el programa electoral no ha sido más que la continuidad y la profundización de los rumbos ya anunciados hace cuatro años.

En esta hora de los primeros recuentos y de la inicial digestión de lo ocurrido, conviene ya manifestar que los dos grandes partidos, vencedor y derrotado, tienen la obligación de plantear una legislatura muy distinta de la que acabamos de vivir. La controversia ideológica y parlamentaria es muy enriquecedora para la democracia, pero la crispación mal intencionada, la discrepancia sistemática y por principio para desgastar al antagonista, son hábitos patológico que hay que desterrar de la vida pública.También habrá que conseguir un clima de convergencia social y acuerdo político para afrontar la desaceleración económica que nos obliga a renovar el modelo de crecimiento y que hoy mantiene abiertas todas las incertidumbres.

En definitiva, una gran mayoría de ciudadanos esperamos que esta decisión popular, que en cierta medida castiga a quienes han sido considerados principales causantes de la crispación y da oportunidades de concluir el proyecto a quienes han promovido cambios sustantivos durante el cuatrienio, auspicie una normalización política general, que facilite la eminencia de los grandes intereses generales sobre los particularismos, las reivindicaciones de la periferia y la acritud insoportable como principal estrategia de oposición.

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