En fin, qué más decir. Después de estas pocas frases no se me ocurre qué más añadir para terminar el artículo, aunque deba hacerlo. En un momento dado, André también le dice a Dorine: seremos lo que hagamos juntos. El filósofo que durante décadas se había refugiado en búnkeres teóricos para protegerse del mundo, al final se preguntó por qué había escrito tan poco sobre su mujer, si ella había sido lo más importante de su vida, su verdadero refugio. Todo es transitorio, fungible, inexistente, todo salvo esa intuición de que la inteligencia no tiene sentido sin el afecto. Y André Gorz pasó toda una vida dando rodeos agotadores y estériles alrededor de lo contingente para terminar abriéndose un caminito, un atajo a través de todo ese césped ornamental hasta lo único necesario. Dostoievski lo definió perfectamente en El idiota: no tiene usted ternura, sólo tiene verdad, y por eso es usted injusto. A Dostoievski también le hubiese caído bien André. Nuestro hombre acabó por abandonar su prestigiosa carrera y dedicarse en exclusiva a cuidar de su mujer, víctima de su enfermedad degenerativa. Díganme, ¿qué puede hacer la muerte, por muy cruda y sin barnizar que sea, contra tal grado de intimidad, pasión y compromiso? ¿Qué puede hacer contra esa voluntad de ser, de perdurar?, ¿qué puede contra esa aplastante y abrumadora pureza? ¿Tienen alguna respuesta? A mí no se me ocurre ninguna. Por eso prefiero dejarles con Quevedo, él consigue cercar con palabras algo que excede la capacidad de comprensión: serán ceniza, mas tendrá sentido, polvo serán, mas polvo enamorado.





