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Amor constante más allá de la muerte
09.05.08 -

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SI Quevedo, el autor del poema perfecto que lleva el mismo título de este artículo, hubiese conocido al escritor y periodista André Gorz, se hubieran caído bien. El 24 de setiembre de 2007 la policía halló los cuerpos de Gorz y Dorine, su mujer, tendidos uno junto al otro, tras el suicidio conjunto que habían decidido. Dorine, de 83 años, y André, de 84, decidieron suicidarse ante la enfermedad terminal y los dolores de ella. Él era una de las figuras intelectuales más influyentes de Europa en los 70, con una obra a medio camino entre el marxismo y el existencialismo, pero eso ahora no viene al caso. Lo que sí viene es la maravillosa carta que le escribió pocos meses antes de que la policía encontrase sus cuerpos. Termina así: Acabas de cumplir 82 años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de 45 kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desértico, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración, no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.

En fin, qué más decir. Después de estas pocas frases no se me ocurre qué más añadir para terminar el artículo, aunque deba hacerlo. En un momento dado, André también le dice a Dorine: seremos lo que hagamos juntos. El filósofo que durante décadas se había refugiado en búnkeres teóricos para protegerse del mundo, al final se preguntó por qué había escrito tan poco sobre su mujer, si ella había sido lo más importante de su vida, su verdadero refugio. Todo es transitorio, fungible, inexistente, todo salvo esa intuición de que la inteligencia no tiene sentido sin el afecto. Y André Gorz pasó toda una vida dando rodeos agotadores y estériles alrededor de lo contingente para terminar abriéndose un caminito, un atajo a través de todo ese césped ornamental hasta lo único necesario. Dostoievski lo definió perfectamente en El idiota: no tiene usted ternura, sólo tiene verdad, y por eso es usted injusto. A Dostoievski también le hubiese caído bien André. Nuestro hombre acabó por abandonar su prestigiosa carrera y dedicarse en exclusiva a cuidar de su mujer, víctima de su enfermedad degenerativa. Díganme, ¿qué puede hacer la muerte, por muy cruda y sin barnizar que sea, contra tal grado de intimidad, pasión y compromiso? ¿Qué puede hacer contra esa voluntad de ser, de perdurar?, ¿qué puede contra esa aplastante y abrumadora pureza? ¿Tienen alguna respuesta? A mí no se me ocurre ninguna. Por eso prefiero dejarles con Quevedo, él consigue cercar con palabras algo que excede la capacidad de comprensión: serán ceniza, mas tendrá sentido, polvo serán, mas polvo enamorado.

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