Otras, abandonan su puesto de recepción, donde habitualmente leen, para reunirse con la compañera bibliotecaria en amena charla o tertulia, run run que ameniza a los usuarios lectores de periódicos.
Pero la guinda, la gota de agua que colma el vaso, es el de las bibliotecarias de tarde de un centro municipal: hay curso de informática y el profesor se retrasa, tarda en acabar. En lugar de ir ellas, como es su obligación, a avisarle, nos instan a nosotros los usuarios que esperamos a entrar a la mediática a que lo hagamos.
Te entretienes ojeando, un suponer, un libro, porque las bibliotecarias están entretenidas jugando con un muñeco de trapo que trajo una compañera y, cuando por fin pides el carné para acceder a la sala de ordenadores, te reprochan que ya los entregaron antes.
Y, como decía antes, la guinda la pusieron el otro día cuando ante la dificultad que tenían usuarios noveles de encontrar su número asignado de ordenador (ardua tarea también para veteranos), en lugar de ayudarles ellas en la tarea, vociferantes la emprendieron a gritos con todos nosotros.





