Así lo reveló en Washington el asesor-jefe de Seguridad Nacional del presidente, Stephen Hadley, tras pasar varios días en la zona para preparar la estancia de Bush, quien aprovechará para reunirse con varios prominentes líderes regionales durante dos etapas más, en Ryad (Arabia Saudí) y Charm-Cheik (Egipto).
El anuncio ha sido una ducha de agua fría en el campo palestino, empeñado en que el Gobierno norteamericano se involucre mucho más en la negociación formalmente vigente desde finales de noviembre (conferencia de Annapolis) sobre un acuerdo de paz con Israel.
Oficialmente, Bush llega a Israel para unirse a la conmemoración del aniversario del Estado, creado hace ahora sesenta años tras la partición de Palestina en 1947. El presidente, aparentemente mucho más inmerso en la crítica cuestión medio-oriental cuando visitó Israel en enero que ahora, anunció entonces que aceptaba la invitación para los fastos oficiales y volvería en mayo.
Solo verá al presidente de la Autoridad Palestina mientras esté en Charm-el-Cheik, donde también recibirá al rey Abdalá de Jordania, al primer ministro libanés, Fuad Siniora, y a dirigentes iraquíes (el primer ministro al-Maliki y/o el presidente Talabani). Y se reserva un día en Arabia Saudí para hablar, sobre todo, de petróleo y de Irán.
Así pues, la esperanza palestina de que la segunda estancia de Bush sirviera para impulsar la negociación con alguna muestra de presión sobre Israel se ha desvanecido de nuevo. Y esta vez esa actitud, sin sorpresa, podría tener alguna repercusión porque ha trascendido que el moderado Abbas, con algún problema de salud a sus 73 años, ha sopesado incluso dimitir tal y como van las cosas.
Abbas se había mostrado muy decepcionado tras su visita a Washington hace dos semanas. Su reunión con Bush le confirmó el alineamiento norteamericano con el socio israelí y a su vuelta a casa, con un insólito tono de amargura, dijo que «había fracasado por completo y que, realmente no tiene nada que ofrecer al pueblo palestino».





