Cristiano viejo hay que se siente perseguido, por razón de su fe, en esta España tímidamente laica, pese a la vistosa, generalizada y feliz ocupación periódica del espacio público común a cargo de sus procesiones y sus campanas. Y cuando reclama, vehemente, lo que nadie le niega -la presencia pública de ritos religiosos- ¿incluye la llamada a la oración del muecín español a sus fieles musulmanes españoles? Eso sí, aquí somos todos iguales ante la ley, aquí no se discrimina a nadie y aquí nadie es racista. Estas y otras cuestiones parecidas -la distinción entre respeto y acatamiento, entre integración y asimilación, entre costumbres y leyes, entre pecados y delitos- requieren, a lo que parece, algo más que una educación para la ciudadanía, extensiva a unos y a otros, a menores y a mayores, a hijos y a 'padres' hasta ver si logramos que lo de 'ellos' y 'nosotros' tenga su principal ámbito de aplicación en la alusión a los bandos que concurren en un partido de fútbol.





