«Dile a un cristiano devoto que su esposa lo engaña, o que un tipo de yogur es capaz de volverte invisible, y te pedirá tantas pruebas como cualquiera, que habrás de facilitarle si lo quieres convencer. Dile en cambio que el libro que tiene siempre en la mesilla de noche es obra de una deidad invisible que lo castigará con el fuego eterno si no acepta cada una de sus inverosímiles afirmaciones, y no te pedirá prueba alguna».
Dipsómano como también es, a nuestro hombre le encantan milagros como los de transformar el agua en vino, y no le disgusta ese rito eucarístico merced al cual el vino se transubstancia en sangre de Cristo. Pero existen otros muchos milagros que le rechinan en exceso, lo cual no es óbice para que respete a quienes crean en ellos. Eso sí, pide siempre idéntico respeto para los que no tienen esa fe que puede llevar hasta a comulgar con ruedas de molino. Por eso se permite ser religiosamente incorrecto, y en no pocas ocasiones comenta chascarrillos como este referido a la carencia de pecado original de la Inmaculada Concepción:
«Un día, Jesús se encontró con una multitud que arrojaba piedras a una adúltera, y dijo en voz alta:
'¿El que esté libre de pecado que lance la primera piedra!'.
Apenas había acabado de hablar, cuando un pedrusco pasó volando por encima de los sorprendidos lapidadores camino de la infeliz condenada. Jesús preguntó tímidamente:
'¿Mamá?'».





