Como se puede ver, las frases grandilocuentes no son exclusivas del momento actual, y ya quedaban muy bien en los discursos de entonces, porque lo que verdaderamente estaba proponiendo el político francés era la administración común -por parte de Alemania y Francia y de los países que se adhiriesen- del carbón y del acero, materias, en aquel momento, imprescindibles a la hora de afrontar una guerra.
Casi sesenta años después, aquella idea, con avances y retrocesos, ha ido cuajando y la vieja Europa aparece ante sus ciudadanos y ante el resto del mundo como un continente fuerte y seguro capaz de distribuir riqueza (como bien supo aprovechar este país) entre los Estados que la forman, pero sigue muy lejos aún de ser, tanto en el terreno cultural como en el social o en el económico, la Europa de los pueblos que los trabajadores y las clases más desfavorecidas necesitan.
En este momento, setenta y ocho millones de europeos (diecinueve de los cuales son menores) viven en la pobreza. Se lleva más de un año ya hablando de la crisis que, como en el viejo cuento de 'Pedrín y el lobo', ha terminado por llegar y los principales causantes de esta situación no tienen ningún empacho en hablar de recetas económicas que beneficiarán exclusivamente a unos pocos frente a la angustia que se avecina para la inmensa mayoría.
Asesores presidenciales que, después de tiempo manejando información privilegiada, acaban ocupando puestos directivos en la gran patronal, diputados, ejecutivos empresariales o ex ministros que se intercambian sillones y despachos, acumulando, eso sí, en cada cambio enormes beneficios. Son las personas que están dirigiendo una Europa con la que la mayoría de sus ciudadanos no se sienten identificados y que asisten, además, al paulatino desmantelamiento de los sistemas de protección social que tanta lucha habían exigido para conseguirlos.
La Unión Europea se construye hoy en medio del oscurantismo más absoluto en el que los poderes económicos, ayudados por los políticos, potencian el 'mercado' frente al progreso social. Puede afirmarse que privatizaciones, por un lado, y precariedad laboral, por otro, son las premisas en las que se basa el desarrollo europeo y no parece que esa fórmula vaya a ser capaz de conseguir igualdad, entre naciones y entre colectivos, sino todo lo contrario.





