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OPINIÓN CARTAS
Manolín 'el empresariu'
09.05.08 -

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Suena el timbre, y veo al final del pasillo la figura encorvada y larguirucha de mi amigo Manolín.

«Vengo a vete». Pasa», le dije.

Tomamos una copa, y como hacía tiempo que no nos veíamos, empezamos a hablar de nuestras cosas y, claro, salió a colación el caso que le hizo famoso en todo Gijón y, en particular, en el barrio que le vio nace: Cimadevilla.

Mi amigo, entre otros quehaceres, se dedicaba a colaborar con la empresa del teatro Jovellanos en trabajos de mantenimiento, como fijar carteles, llevar los rollos de películas, hacer de chófer para ir a buscar a algún artista al aeropuerto, arreglos menores propios del teatro, etcétera.

Un día, se iba a representar la opereta 'Marina', del maestro Arrieta, cuando la organización se dio cuenta de que las partituras habían quedado olvidadas en el teatro Campoamor, de Oviedo. La hora del comienzo del espectáculo se aproximaba y la orquesta no podía ensayar por falta de los pentagramas. El empresario se ponía nervioso porque el público se impacientaba y empezaban a oírse silbidos en el gallinero y agitaciones arrítmicas de abanicos en el patio de butacas.

El empresario tenía que solucionar el problema, y se le ocurrió que Manolín saliera al escenario a pedir disculpas por lo avanzado de la hora. Los acontecimientos sucedieron así: «Querido público, dijo mi amigo, les partitures quedaron olvidaes en Oviedo y no tardarán en llegar, así que tener un poco de paciencia que la función no tardará en empezar». Cuando el teatro estaba en silencio escuchando los argumentos que esgrimía Manolín, se oye una voz aguda y bien timbrada que atravesó la platea desde el gallinero hasta el escenario: «Coño, Manolín, ahora yes empresariu?». La contestación fue inmediata: «Soy la p... tu madre». Las risas, silbidos, zapateos y notas discordantes fueron unánimes. Mi amigo, al ver las consecuencias de lo que su espontánea contestación estaba provocando, decidió hacer 'mutis por el foro'. El empresario estaba en estado cataléptico y, balbuceando, le dijo a Manolín que tenía que volver a salir a pedir disculpas al respetable, porque si no tendría que suspender la función Con gran valor, volvió a salir y, tras soportar impactos de todo tipo de objetos, levantó los brazos y dijo: «Quiero pedivos perdón porque antes no estuve muy acertau, pero ye que ahí arriba hay mucho hijo de p ». El respetable, puesto en pie, protestaba, chillaba, se acordaba de sus muertos y exigía la devolución del importe de la localidad. Un 'finolis' del patio de butacas exclamaba: «¿Es una vergüenza!». Su enjoyada esposa apostillaba: «Cierto». Y el vecino de al lado sentenciaba: «¿A la cárcel!». Parecía como si la bóveda del teatro se fuera a caer. La Policía Municipal irrumpió en el teatro y los ánimos se fueron calmando. En esos momentos, y como si de un milagro se tratara, las partituras descansaban ya sobre los atriles, y empezaron a sonar los primeros acordes en clave de Sol. Salió a escena el tenor y con una estudiada voz entonó aquello de «Costas las de Levante...». La obra, por fin, pudo ser terminada y, por cierto, con gran éxito de la soprano que interpretaba a Marina. Los periódicos locales del día siguiente fueron unánimes. En la primera página plasmaban en grandes titulares: «Un playu ameniza, no sin riesgo, la representación de la opereta 'Marina'».

Entre risas y risas, Manolín y yo nos trasegamos unos buenos destilados que animaron nuestros corazones. Quedamos en volver a vernos. Tal vez podría haber sucedido así.

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