
A los leedores habituales de estas páginas diréles que llevo veintidós años de servicio en la institución y que en ese tiempo he adquirido de mis maestros buenos hábitos docentes e investigadores, pero también alguna maldad, como la de mezclar con una pizca de veneno la tinta que bebe mi pluma, cosa que, como a ellos, me ha costado algún que otro rifirrafe.
Pero vayamos al grano y para empezar contemos la pequeña y feliz historia de la Medalla de Oro que la Universidad de Oviedo entregó al Príncipe de Asturias, allá por el año 1994, siendo rector y secretario de la Universidad, respectivamente, don Santiago Gascón y don Julio Carbajo.
Corría el mes de octubre y la ciudad de Oviedo, lejos de sestear, se preparaba para la inminente entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Aprovechando la circunstancia, el alcalde, don Gabino de Lorenzo, había preparado un paseo por la ciudad con el Príncipe a fin de inaugurar uno de los muchos 'planes de choque' que, a la sazón, afectaba notablemente a la zona centro y antigua. El paseo debía culminar en la calle de San Francisco, donde se encuentra la entrada principal del vetusto Edificio Histórico de la Universidad. Allí, nada más franquear la entrada a la derecha, le esperaba el todavía excelentísimo y magnífico rector en el Paraninfo, noble salón de actos protocolarios, repleto de autoridades académicas, políticas, doctores y demás invitados: nuestro Consejo de Gobierno también había aprovechado la visita para imponer a don Felipe la Medalla de Oro de la Universidad.
Quiso la casualidad que fuera Julio Carbajo el único secretario general de la Universidad con quien, hasta entonces, había tenido yo un trato personal, y, por cierto, muy cordial. Y quiso también que su amabilidad me agradeciera ciertos favores regalándome unos días antes de la llegada del Príncipe la gruesa 'Historia de la Universidad de Oviedo', de don Fermín Canella, en edición facsímil numerada, y un enigmático estuche forrado en verde y cerrado con un pequeño broche dorado. Qué alegría sentí. Ni qué decir tiene que me lancé de inmediato sobre la caja para ver su contenido. ¿Y qué escondía? Ah, ¿sorpresa!, una grande, gruesa y pesada medalla de la Universidad. La saqué de su lujoso acomodo: por un lado, se representaba el 'sigillum' (el sello) de la Universidad, con su noble escudo y oficial inscripción, y, por el otro, una vista del patio del Edificio Histórico, con F. Valdés Salas en el centro, de espaldas, y un hueco rectangular liso donde escribir una presumible dedicatoria. Eso sí, no era de oro ni estaba dedicada. Ni falta. Menudo detalle.
Pues mientras ciudad y Universidad aceleraban sus preparativos para los esperados acontecimientos, el día antes por la mañana acudí yo como siempre a mi despacho a trabajar en mis cosas. Enfrascado, como estaba en ellas, en cierto momento, sin embargo, mi mirada dejó de centrarse en el trabajo y empezó a repasar agradecida el recuerdo de los regalos que había recibido. El estuche estaba sobre la mesa, frente a mí. ¿Sería mi medalla igual que la del Príncipe? Hombre, pensé, igual igual, no, porque esta es de latón, eso sí, pesado y da bien el pego, y la del Príncipe de oro. Saqué la medallota del estuche y empecé a jugar con ella dándole vueltas sobre el papel de mi escritorio, como si estuviera a punto de tomar una decisión a cara o cruz. En una de estas, cayó de cruz con el escudo hacia abajo, lo que dejaba el texto escrito en latín casi totalmente al derechas. Lo leí. Lo volví a leer. Lo releí, le di otra vuelta la dejé sobre la mesa, la cogí, le di otra vuelta. Había algo ¿Oh, Dios!
Mi mano izquierda saltó de inmediato al teléfono y marcó la extensión de la Secretaría General. Se puso la amable Alicia, estrecha colaboradora en aquel tiempo:
-Buenos días, Alicia, soy Pedro Manuel Suárez. ¿Está el secretario por ahí?
-Sí, está, pero está reunido con el rector y otros por lo de mañana.
-Pues dile, por favor, que se ponga.
-Bueno, es que está reunido y
-Hazme caso: dile que soy yo, que es muy urgente y que se ponga.
Y, en efecto, instantes después se puso:
-Hola, Pedro Manuel, ¿qué pasa?
-En realidad, no te lo puedo asegurar la medalla que le vais a dar al Príncipe mañana, ¿es igual que la que me regalaste hace unos días?
-Creo que sí, ¿por qué?
-¿La tienes a mano? Léeme la inscripción latina, por favor.
Fue a buscarla y mi corazón empezó a saltar a su aire, por miedo al ridículo, y, a la vez, por el mal trago que, imaginaba yo, iba a hacer pasar al secretario.
-¿Pedro Manuel? Aquí la tengo. Leo: 'Sigillum regis Universitatis Ovetensis' ('Sello del rey de la Universidad Ovetense').
-Querido Julio, tenemos un problema. Ese texto contiene una grave errata: donde 'regis' debe decir 'regiae'.
Y así era. La Universidad de Oviedo no tenía rey, sino que era regia, por mor de la cédula que 40 años después de la muerte de su fundador le otorgó Felipe III para poder echar a andar. La pálida mudez de Julio Carbajo lo dijo todo. Dejó la reunión y se fue corriendo a un conocido joyero a ver qué se podía hacer: había que evitar el bochorno.
Alteza don Felipe: si un día recibís a un mandatario que sepa latín y se fija en el nubarrón que debe haber sobre las letras 'AE' del medallón, decidle que es cosa de vuestras infantas que, como los míos, gustan de jugar con él. Si sois vos quien reparáis en el entuerto, sabed que yo libré a esta universidad de hacer la competencia a vuestro real padre.
P. S. En las Memorias de Aniceto Sala de 1910, que acabo de recibir, ya figuraba el mismo error en el sello, lo mismo que en muchos libros de la biblioteca, según he comprobado. Se ve que la cosa venía de muy atrás.





