tras el Cabu Bustiu, me siento no en el mar, ni unos kilómetros más cerca de Irlanda, sino en las entrañas de un poema muy hermoso en el que la luz es adjetiva y la brisa hemistiquio entre dos heptasílabos compuesto uno de salitre y el otro de espuma; mis pasos sobre la cubierta de este velero portugués, que anduvo al bacalao en Terranova y más al norte aún, que entró en el estuario de Lisboa tantas veces, son los pasos de quien agradece la emoción. Como tener una niña entre tus brazos, y apretar con delicadeza el rumor rubio de su balbuceo, es haber conocido a Portugal, su entereza ética reflejada en un azulejo; si algo me ha sucedido bueno en esta vida es haber aprendido portugués, la lengua más útil que conozco si de lo que se trata es de desvelar la entraña humana, y haber podido leer en toda su enjundia a Eugénio de Andrade. Soy asturiano, hispano del norte de Iberia, y como Miguel Torga suspiro por una unión de naciones ibéricas basada en la libertad y en el respeto. Los ríos de mi tierra, y alguno de los más importantes, son los ríos de Portugal.
A bordo del Creoula, este navío de la Armada Portuguesa que se convierte por una temporada en la Universidad Internacional del Mar, uno se siente orgulloso de Asturias. Gran acierto el de la Universidad de Uvieo, y el del Ayuntamiento de Avilés, por haber apoyado esta iniciativa. Gran acierto porque construir sobre el mar puentes que unen orillas es difícil, y hay que tener para ello una especial terquedad, pero también resulta lo más noble que se puede hacer en esta vida: lo perdurable, tantas veces, vuela sobre materiales inaprehensibles y fugaces. Lamentablemente entre España y Portugal los puentes, tradicionalmente, sufren de una franca inexistencia. El caso es que hace apenas dos días me vi huyendo en la distancia a la embriaguez asido a bordo del Creoula. Les había leído, junto a José Luis García Martín y otros cómplices, mis historias a la tripulación y en pago me dieron esta oportunidad. En el mar el tiempo dura más, se reconcentra: algo tienen los barcos de monasterio móvil que invita a que el alma de cada uno se retrate en un parpadeo de luz, en un salto de delfín, en la soledad metafísica que rodea una embarcación impulsada por los vientos favorables. La mar estaba rota, ya lo he dicho, y hubo más de un mareo entre los invitados. Asomado a estribor, admirando esa vocación que tiene Asturias de ser isla, me vi solo y acompañado por la armonía del mundo.
Tal vez haya vuelto yo con esa mirada de quien mira en el horizonte un punto fijo y contempla la inmensidad de la tierra. Sé que, como en el poema aquel de Mallarmé, en la arena profunda concluirá lo que espero pues es mucha la avidez de naufragios que acompaña la vida de un hombre. También sé, y en esto no estoy de acuerdo con el francés sibarita, que la carne no es triste; y que, afortunadamente, no he leído todos los libros.