Centro, mujeres y futuro. Son tres de los principales pilares sobre los que descansa el nuevo proyecto que Mariano Rajoy ha diseñado para su partido. «¡Que lo demuestre!», retó el otro día en una tertulia radiofónica la vicepresidenta del Gobierno socialista, María Teresa Fernández de la Vega. Y Rajoy, como si le hubiera oído, recogió el guante y se apresuró a demostrarlo. ¿No quieren caldo? Pues taza y media. La nueva presidenta del PP en Cataluña, impuesta por el marianismo, se llama Alicia Sánchez-Camacho. Tiene 42 años, apenas uno menos que la nueva secretaria general de su partido. Y es, como ella, una mujer divorciada que ha decidido ser madre soltera por medio de la fecundación 'in vitro'. ¿A alguien puede sorpenderle que la hayan bautizado ya como la Cospedal catalana?
Desde luego, mucho ha llovido, o quiere el gallego Rajoy que llueva, desde aquellas derechosas de antaño a estas nuevas liberales. Entre la melena cardada y cargada de laca de la madre de familia numerosa militante que es Isabel Tocino y estas divorciadas, defensoras del núcleo monoparental, media un abismo. Tanto que, desde fuera, se diría que Cospedal y Sánchez-Camacho están mucho más cerca de una 'miembra' del PSOE como Carme Chacón, o la propia Bibiana Aído, que de una 'pepera' clásica como puedan serlo Esperanza Aguirre o Ana Botella. Es decir, que encajan más en el perfil de militantes de un partido progresista de izquierdas que de lo que hasta ahora hemos considerado en España la derecha de toda la vida.
Contradicción
«No deja de ser una ligera contradicción que un partido político que en determinadas cuestiones ha defendido postulados bastante ortodoxos en el ámbito de la familia, las relaciones sexuales, la homosexualidad, etc., no predique con el ejemplo. Sin embargo, es, a mi modo de ver, un signo positivo y de modernidad del PP, puesto que lo aleja de la política de la 'moralidad', permitiendo un acercamiento a la política entendida como gestión de lo público; y no de lo privado», observa la socióloga María Silvestre, decana de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Deusto. El caso es que Alicia Sánchez-Camacho, una mujer que en lo social es, «seguramente, más progresista que Pepe Bono», según apunta con retranca un catalán votante del PSC, encaja como un pastel en el molde de ese nuevo giro que Rajoy pretende imprimir a su partido. Por ese motivo, la presentó como 'tercera vía' para la presidencia del PP de Cataluña ante la imposibilidad de poner de acuerdo a los aspirantes Alberto Fernández y Daniel Sirera, y para evitar que el congreso celebrado este fin de semana por los populares catalanes se convirtiera en una guerra fratricida. Sirera y Fernández aceptaron retirar sus candidaturas tras entrevistarse un par de veces en Barcelona con la vicesecretaria de Organización del PP, Ana Mato.
Pero la tercera candidata, Montserrat Nebrera (mujer, al fin) no estuvo dispuesta a pasar por el aro y, sublevada, se plantó en Madrid presentando batalla como alternativa a Sánchez-Camacho bajo el lema '¿Ser u obedecer?', una incómoda pregunta dirigida, cual torpedo, a la línea de flotación del marianismo, y con la que pretendía postularse como la única candidata que «clarísimamente no ha sido impuesta por nadie». Estos días en Cataluña se han oído voces, con ecos en 'blogs' y tertulias, denunciando que al PPC se le ha caído la C (por dejar que a su presidente lo imponga Madrid) y recordando que «la verdadera progresía y el auténtico giro al centro empieza por la democracia interna».
Puede ser. Pero Alicia Sánchez-Camacho saldrá de este congreso como presidenta del Partido Popular de Cataluña, por más que a algunos les cueste asumir que la única candidata popular catalana que en las últimas generales no sacó escaño en la provincia por la que se presentaba (Gerona) haya llegado tan lejos. Gerundense, nacida en Blanes, en 1966, la nueva dirigente del PPC es licenciada en Derecho, ejerció de juez sustituta en Gavà y fue directora general del Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, antes de instalarse, en 1999, en Washingon (otra coincidencia con María Dolores de Cospedal) para trabajar como consejera laboral de la embajada española en Estados Unidos. A su vuelta, se convirtió en diputada conservadora en el Parlamento catalán, y más tarde en el Congreso. Pero al no conseguir su escaño en las últimas generales ocupó el puesto de senadora por designación autonómica que ostentaba Daniel Sirera.
Cabe destacar que Sánchez-Camacho fue una de las redactoras, junto con José Manuel Soria y María San Gil, de la ponencia política que se presentó en el último congreso popular celebrado en Valencia y que provocó el abandono de la política de la aún líder vasca por discrepancias con Mariano Rajoy. Pero algunos en su tierra natal prefieren recordar, no sin cierta malicia, que «una vez llegó a decir que Cataluña es una nación» y aunque la consideran «catalanista no nacionalista» no creen que esté de acuerdo con el manifiesto del filósofo Fernando Savater en defensa del castellano.
Evocan también la época en que fue «musa» del economista afincado en Nueva York y ex presidente accidental del Barça, Xavier Sala i Martín, famoso por sus americanas imposibles y por defender que se puede conciliar liberalismo y nacionalismo. «Sánchez-Camacho -sostiene un periodista catalán que la ha seguido de cerca- es sobre todo una mujer de trato afable, muy mediática y aficionada a las tertulias». No en vano, ha sido tertuliana en 'El Programa de Ana Rosa'.
Marketing electoral
¿Es esto lo que busca Rajoy? ¿Dirigentes con más imagen que ideología? «Pues claro -tercia el sociólogo Enrique Gil Calvo-. Lo que impera hoy día es el pragmatismo del político profesional, el puro marketing electoral. Al PP se le han ido estas elecciones porque ha fallado con los jóvenes, con las mujeres y con los más moderados. Y Rajoy ha tomado nota y quiere buscar el voto en esos sectores. De ahí, esos tres principios que yo defino como las tres 'emes' del marianismo: mujeres, moderación y mañana».
Tal vez fue esa necesidad de 'aggiornamento' lo que provocó que Esperanza Aguirre, una mujer mucho más fácil de imaginar en un club de golf que en la parada de un autobús, descendiera esta semana hasta los infiernos del metro madrileño para codearse con el lumpen suburbano y dejarse fotografíar tocando la guitarra eléctrica y también la batería.