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Al ilustre Adolfo Suárez le inunda la sombra los adentros del alma y tiene apagados los tuétanos de la memoria. Hace días se encontró con el Rey por los jardines. ¿Quién es usted?, preguntó el señor Suárez. Un amigo, respondió don Juan Carlos. El Rey le puso el brazo sobre el hombro y caminaron juntos, marchándose hacia la historia, hacedores de tiempos nuevos, de libertades exigidas por el grito de un pueblo, de aperturas y utopías. Nos sacaron de la negra dictadura. Llevábamos dolor en los recuerdos, cicatrices de la conciencia siempre herida, fusilada al amanecer contra las paredes blancas de los pueblos de España. Ahora, Adolfo y Juan Carlos pasean su amistad por los jardines y caminan alegres hacia la puerta grande. A la mente de Suárez le envuelve la sombra, pero es la sombra elegante de la historia, la historia reciente de este país.
Y entonces Aznar aparece por Valencia. Victorioso de armadas invencibles. Juan de Austria, melena al viento. Cid Campeador de El Corte Inglés en rebajas. Tizona gris de catástrofes. Pródigo de glorias enterradas. Saludando victorioso al paso alegre. Autárquico. Sin amistad de amigos imposibles. Despreciando al hijo Rajoy, al padre Fraga, al espíritu desangrado en tierras iraquíes. Consciente de su expulsión de la historia. Aznar, profeta de tumbas fratricidas, allí donde resulta más fácil disparar. Canjeando la gloria de la mesa oval por la ternura amortajada. Aznar, a la derecha del Dios Bush, dios pequeño sin sepulcro de resurrección. Aznar no ha vuelto a ver la luz, es la oscuridad de sí mismo, está fuera de la dignidad del quehacer humano, situado en el extrarradio de la historia. Ya le humilla hasta Rajoy: «Aznar rima con no estar». Y Fraga le ha sentenciado: «Aznar está bien fuera de la política». Fraga lo había engendrado y ahora ha envuelto al hijo no querido en el sudario firmado por él mismo. Un mensajero lo llevó hasta el cementerio civil de la derecha. Sin epitafios. Sin flores. Sin un padre nuestro de Rouco Varela. Sin una simple esquela de su desconsolada FAES. Despeñado hasta el extrarradio sin recibir siquiera los santos sacramentos y la bendición de S. S. el Papa, que andaba de gira por Australia pidiendo perdón por los delitos sexuales de los suyos.
Y mientras el ilustre Adolfo Suárez pasea su sombra vestido de blanco, Aznar se pone lo que se ha ganado: el luto riguroso. Sus actos le han delatado, marginado, expropiado. Definitivamente, Aznar ya está en el extrarradio de la historia.

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