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La Virgen de Begoña y el Apocalipsis
E N ese libro singular y misterioso que es el 'Apocalipsis', atribuido con toda propiedad a San Juan, el discípulo preferido de Jesucristo -verdadero Dios y verdadero hombre-, se nos da una visión de la historia desde el punto de la Providencia Divina en la que las fuerzas del mal, representadas por el dragón infernal, intentan aniquilar no sólo a los hombres buenos, sino incluso cualquier referencia a Dios, a Jesucristo y, especialmente, a la Iglesia Católica.
Esta lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres -según el gran Agustín de Hipona- se representa con símbolos espectaculares, como los terribles cuatro jinetes que asolan la Tierra y extienden la guerra, el hambre, la peste y la muerte. Símbolos estremecedores son también los sellos apocalípticos, especialmente el séptimo, en el que se inspiró el cineasta sueco Ingmar Bergman para rodar un filme existencialista en el que la muerte tiene un protagonismo sin esperanza. Pero en el 'Apocalipsis' aparece una gran señal: la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está en cinta y las angustias de parto le arrancan gemidos de dolor. En esa mujer maravillosa siempre ha visto la Iglesia -intérprete fiel de la palabra de Dios- a la Santísima Virgen María, y por eso en la fiesta de hoy, 15 de agosto, de la Asunción de Nuestra Señora, en la liturgia de la palabra se lee el texto de la Señora del Apocalipsis.
Esta fiesta de María, la madre del cordero que quita el pecado del mundo, tiene en Gijón el nombre de Nuestra Señora de Begoña, que es necesario rescatar porque, entre tanta Semana Negra caótica, tanto fiereza taurina, tanto ruido metálico y estridente y altavoces rockeros elevados a la enésima potencia ruidosa, amenaza en convertirse en un ¡ay! iluminado con resplandores ígneos fugaces.
El gran drama del católicismo convencional es que se ha dejado arrebatar sus señas de identidad más genuinas y piensa que el triunfo es del dragón rojo Satán, lo cual, además de blasfemo, es históricamente falso, porque el mal, por mucho que lo intente, puede aparentar tener la penúltima palabra, pero nunca la última y definitiva. Ésa pertenece al Señor de la historia, que no es otro su juez definitivo Jesucristo, el hijo de Nuestra Señora de Begoña en su asunción al cielo.

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