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Las pinturas del 'sapiens'
L OS neardentales se extinguieron hace 28.000 años, después de convivir durante unos diez mil años con el 'Homo sapiens'. Se fueron de la faz de la tierra con un silencio de siglos que aún hoy día permanece inmutable. No se sabe por qué. Los paleontólogos y arqueólogos decidieron, en un principio, que la presencia de una especie superior los habría retirado de la circulación vital. Pero ahora nuevos estudios invalidan la creencia ya ampliamente extendida de que los neardentales eran poco menos que grandes brutos, bastante tontos, muy débiles.
Un equipo de ingleses y estadounidenses ha invertido tres años en un experimento científico que consiste, esencialmente, en fabricar los utensilios propios de los neardentales y compararlos con las herramientas de los 'sapiens'. La cosa es que ambas tecnologías son igual de eficaces y prácticas.
«Los neandertales no eran más tontos, eran distintos», dicen los autores. «Estaban muy bien adaptados. Cuidaban a sus enfermos, y, por tanto, tenían una estructura social y un lenguaje. Practicaban enterramientos... Debió de haber varios motivos para su extinción».
Las razones para su desaparición vuelven, de nuevo, a ser motivo de estudio. Tal vez, como señala Juan Luis Arsuaga, todo tenga que ver con las diferencias culturales y simbólicas que había entre ellos. Utilizaban el fuego de igual forma, su desarrollo social era parejo pero los neardentales no pintaban. Y pintar es un matiz de la comunicación que se revela poderosos en determinados casos.
Como en el de Pablo. Pablo es el hijo de mi amiga Marta. Un niño de cinco años que no mira a los ojos y rara vez se ríe a carcajadas. Pero Pablo, cuando quiere salir de su cabeza, coge su libreta y dibuja.
Los trazos no son limpios y en ocasiones cuesta interpretar el mensaje, porque no estamos preparados para sus inquietudes ni sus deseos, porque no entendemos esa rafia de miedos y anhelos. No siempre.
Pablo no es bruto, ni tonto, ni débil, pero no emite las mismas señales que el resto ni descifra el código imperante, de la lengua común, la que le ha tocado en suerte social, que lo convertiría en un ser menos vulnerable.
Los dibujos de Pablo, también logran calmar la inquietud de su madre, que siente, no obstante, que existe un universo rico y propio, quizá extraño, pero vivo en ese lugar que el cuerpo del niño tiene tan oculto. Y sus dibujos, además, lo unen conmigo que estoy aquí, y con sus amigos en Alemania.
Así que el matiz de los neardentales que no pintaban, ese de no dejar rastros de los otros y de lo otro, puede parecer trivial a simple vista y esconder bajo su banalidad una certeza brillante y sorprendente. No estamos hechos para sobrevivir sin los demás. Y menos si estamos en plena Edad del Hielo.

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