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Liderazgos
Y A lo hemos conseguido. Tenemos a nuestra disposición la tan ansiada silla en el club de la gente importante de este mundo. Hemos tenido que revolver Roma con Santiago, ofrecernos como portavoces de los parientes de Latinoamérica y rogarle a Francia que nos deje ocupar su silla sobrante, pero ya tenemos asegurada la participación en la cumbre mundial que va a refundar el capitalismo. Y no, no es que dude de la importancia de asistir a esta cumbre, sin duda crucial para el futuro de nuestro sistema, más bien es que a uno ya le cansa esta hiperinflación del parecer frente al ser, de la necesidad permanente de hacer como que hacemos, aunque luego tengamos la casa sin barrer, de la permanente apuesta por la forma frente al fondo. Es cierto que resulta importante la capacidad de comunicación para romper la barrera de la indiferencia social, pero lo importante sigue siendo lo que queremos comunicar y no el cómo.
La tendencia a la hipérbole, a la magnificación del propio discurso y en muchos casos a una cierta hiperactividad, tan acusada en la mayoría de los líderes políticos de los últimos tiempos, en el fondo esconde una manifiesta falta de ideas. Es este un mal muy extendido. Basta recordar al presidente Aznar creyéndose ungido por los dioses del Olimpo político tras haber consagrado a España como nueva potencia mundial y sólo porque el señor Bush le permitía poner los pies encima de la mesa en su confortable rancho.
A estas alturas, deberíamos tener claro ya que nuestro papel estelar en las Azores vino motivado, no por el incremento de nuestro peso geoestratégico en el concierto mundial, sino porque nuestro Gobierno estuvo dispuesto a apoyar un guerra ilegal, ineficaz y finalmente sanguinaria. Ejemplos más prosaicos tenemos fuera y dentro de nuestras fronteras.
Lo cierto es que venimos de una época de bonanza más o menos dilatada donde los juegos del márketing político y de la demoscopia permanente, sino justificados, al menos resultaban inofensivos. Pero los tiempos están cambiando aceleradamente, así que, frente a liderazgos más o menos melifluos o transaccionales que se limitan a cabalgar sobre las verdades aceptadas por todo el mundo como dogmas infalibles, serán necesarios auténticos líderes críticos, qué no decirlo carismáticos, inconformistas con lo establecido y deseosos de cambiarlo, capaces de formular una nueva alternativa, con capacidad de ilusionar y convencer no sólo a los partidarios, y con capacidad para el manejo de medios no convencionales e innovadores aún a costa de asumir riesgos personales.
Supongo que a estas alturas pensarán que me refiero al electo presidente Obama, y bien, por qué no decirlo, puede que sea un ejemplo de esto que digo. De hecho, su carisma y capacidad de ilusionar a gentes muy diversas de todo el orbe están fuera de toda duda. Queda por ver si las importantes expectativas que ha despertado se cumplen. No ha tenido un mal principio, enfriando los ánimos con sus primeras declaraciones y prometiendo algo así como un nuevo «sangre, sudor y lágrimas».
Y es que otra condición indispensable del liderazgo que necesitamos es la verdad, la honradez intelectual de contarle a la gente la realidad del momento en que nos encontramos, y no el camino permanente de barrer bajo la alfombra y prometer todo, a todos y casi sin coste.
Es lo mínimo que se les debe a los trabajadores de la Nissan de Barcelona, a los del Naval de Gijón o a los de las empresas auxiliares del metal, que ya ocupan nuestros 'telediarios'. Y a todos los que desgraciadamente vendrán detrás.

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