CUANDO las Navidades todavía sabían a pueblo y tenían el encanto de lo desconocido, de ése territorio inmenso que inauguraban los niños de San Ildefonso y cerraban los paquetes de los Reyes Magos que siempre dejaban pendiente alguna ilusión para el año siguiente, se estilaba la costumbre del aguinaldo. Hoy ésa costumbre infantil, como tantas otras, ha caído en desuso. Queda algún rastro como el 'Guirria' de Ponga, interpretado por un mozo soltero elegido la noche antes y que el día de Año Nuevo recorre los barrios del concejo dando besos a cuantas mozas se encuentre, como un pequeño diablo libertino al que todo le está permitido ése día, mientras es acompañado por los 'aguinalderos' que a lomos de sus caballos van pidiendo por las casas.
Que el aguinaldo como costumbre popular haya casi desaparecido, no es óbice para que la costumbre de mostrarse extremadamente generosos en éstas fechas navideñas se mantenga, y con que pujanza, entre nuestra clase política. Más que 'aguinaldo' hay que calificar a la rebaja introducida el pasado 3 de noviembre por el Gobierno en un Real Decreto de Medidas Fiscales, para rebajar la tributación de los directivos y socios de los bancos y entidades financieras cuando obtienen rendimientos de capital mobiliario de sus propias entidades, del 43% actual, pasarán a pagar al 18 %.
Con la que está cayendo, con las ingentes cantidades de dinero público, inyectado por el Estado en los Bancos y Cajas para sacarlos del atolladero a que sus gestores les abocaron. Recursos públicos que además ya sabemos que no se están destinando a financiar el consumo y la inversión, sino que se empantanan en forma de liquidez para cubrir los vencimientos de una deuda que les ahoga. Esta pequeña reforma introducida de tapadillo en un humilde Real Decreto, hurtada a cualquier debate público y que en otro contexto hubiese pasado, quizás, sin pena ni gloria; hoy, desprende un pequeño tufillo a nepotismo impresentable y pone de manifiesto hasta que grado se está jugando, entre bambalinas, una partida entre poder financiero y poder político hurtada al conocimiento del ciudadano. Qué curioso que sólo sean las operaciones entre los bancos y sus socios o administradores las que vean rebajada su tributación. ¿Por qué no se aplica ésta rebaja también a las operaciones vinculadas entre un empresario y su pyme?
No es la única generosidad navideña que practica nuestro gobierno, el asunto de la financiación autonómica ha cobrado protagonismo empujado por el insensato Estatut, que traía en su seno esta bomba de relojería y alguna más que irá estallando.
Para su desactivación se recurre por el presidente Zapatero, otra vez, a las monclovitas conversaciones de café, al divide y vencerás, al subir la aportación del Estado y su paralela anorexia financiera, para que recibiendo todos más, nadie pueda protestar. Y poco a poco, sus 'aguinalderos' acompañantes van colándonos de rondón conceptos inadmisibles: 'nivelación parcial' frente a 'nivelación total', es decir que sólo tendremos derecho a ser iguales en cuanto a sanidad, educación y servicios sociales, en lo demás que cada cual se apañe; que los territorios son los que pagan impuestos y por tanto son acreedores a recibir según hayan aportado; que Cataluña se ha visto empobrecida por sus 'aportaciones' a la solidaridad nacional y que ya vale de mantener a las regiones menos pobladas y de menos recursos; y en fin que Navarra y País Vasco están fuera de éste juego. Para qué seguir, quizá sea cuestión de esperar a que con la llegada del nuevo año pierda la máscara 'el Guirria' y con ella la fuerza del mito que le anima.