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Obama, el cambio y las hipotecas
E L histórico, espectacular y emocionante triunfo de Obama ha costado un montón enorme de dinero, el mayor montón que un candidato se ha gastado nunca para conseguir el sillón del despacho oval. Bien es verdad que este año las primarias del partido demócrata han sido especialmente reñidas, y que Estados Unidos es un país con más de 100 millones de votantes, y es normal que se gaste mucho dinero para convencerlos. A Barack Obama le cabe el dudoso mérito de ser, con mucho, el candidato que más dinero ha captado - y gastado - para llegar a la presidencia en la historia del país: más de 600 millones de dólares, frente a los 350 que gastó su contrincante, John McCain, y unos 375 que gastó George W. Bush para su reelección en 2004. Sale la cuenta a unos 100 dólares el voto. Por contraposición, los aproximadamente 10.000 votos que UPyD consiguió en las pasadas elecciones en Asturias salieron a cinco votos por euro gastado en la campaña, una diferencia de 1 a 500. De acuerdo, ha sido por una buena causa, y los milagros en este mundo material salen caros. Pero el quid de la cuestión está en la posible falta de libertad de acción del nuevo presidente de Estados Unidos.
En Estados Unidos el candidato puede optar entre financiación pública o privada. Una rígida reglamentación prohíbe las donaciones directas de sociedades a los candidatos. A pesar de ello, el sistema está tan bien engrasado que, mediante la captación de contribuciones privadas (por ejemplo, de los empleados de una multinacional), se pueden fácilmente superar cantidades sensiblemente superiores a las que podrían conseguir con la financiación pública. Cuando iniciaba su campaña para ser el candidato demócrata, Obama pactó con McCain que, para el caso de resultar designados candidatos, ambos se comprometían a no renunciar a la financiación pública y someterse a la cantidad límite fijada por la ley. Un año y medio después, cuando se dio cuenta de que tenía posibilidades reales de competir por el despacho oval, se desdijo de la palabra dada, argumentando que el sistema estaba viciado. La financiación pública no llegaba a 90 millones de dólares, y con la privada podía aspirar a varios cientos.
Obama hace gala de que más del 90% del dinero de su campaña procede de "pequeños donantes" individuales, con donaciones de entre 20 y 100 dólares. Por otro lado, sus principales donantes han sido (a través de sus empleados), Goldman Sachs, Citibank, Morgan Stanley y JP Morgan, es decir, Wall Street en pleno. A diferencia de los votantes, ni los bancos ni las empresas dan su dinero gratis. Para tener auténtica libertad de acción y de criterio, auténtica independencia, hace falta estar libre de hipotecas. Y si Obama quiere afrontar el cambio que promete, necesitará la mayor libertad de acción posible. No parece el mejor comienzo.
Nota: la información para este artículo la encontré en internet en menos de media hora. Hoy he pasado más de dos horas buscando cifras sobre las elecciones españolas para hacer una comparación, y no lo he conseguido. En transparencia, sí tenemos bastante que aprender.

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