Ronaldinho esperó una hora en el autobús mientras sus compañeros entrenaban
Lesionado en el aductor derecho -una rotura fibrilar que le obliga prácticamente a decir adiós a la temporada- el punta brasileño podía haberse quedado haciendo recuperación en el Camp Nou junto a Iniesta, Márquez y Henry, los otros jugadores 'tocados', y viajar después al Montanyà, como han hecho ellos, para incorporarse directamente a la comida programada en una masía cercana.
Sin embargo, Ronnie ha decidido subirse a ese dichoso autocar pintado con los colores azul y grana. Mientras el resto de la plantilla se ejercitaba, el punta brasileño se ha quedado en el vestuario, una modesta instalación anexa al campo de entrenamiento, tendido en una improvisada camilla de masajes.
A mitad de la sesión, Ronaldinho ha dado por concluido su trabajo de fisioterapia, ha abandonado la caseta y ha recorrido a la carrera los apenas 50 metros de pendiente que le separaban del autocar, sin prestar si quiera atención a los jóvenes aficionados que se han acercado a él en busca de quizá ese último autógrafo, esa última foto con el astro.
Tal vez Ronaldinho no ha encontrado suficiente refugio en el módulo donde se han cambiado sus compañeros, mucho menos confortable que el famoso gimnasio del Camp Nou, y ha decidido esconderse, por última vez, dentro de ese dichoso autobús.
O quizá, el 'Gaucho' ya se haya acostumbrado a ser una especie de fantasma que aparece y desaparece de la escena barcelonista, que está pero no está, que parece recuperado pero que ya nadie espera, que finge estar lesionado pero que en realidad lo está.
El que fuera el actor principal, el eje de aquel 'círculo virtuoso' que transformó al Barça, el líder indiscutible de una plantilla que encandiló con su fútbol y que en dos temporadas conquistó dos Ligas y una Copa de Europa, el futbolista más importante de la reciente historia del club, el jugador que devolvió a los culés la sonrisa, es ahora un convidado de piedra, un espectador de lujo, un invitado de excepción a la 'última barbacoa' del equipo.
Una hora refugiado en la soledad de ese maldito autocar, mientras sus compañeros se fajaban en una intenso entrenamiento con la mente puesta en el Manchester y en la última oportunidad de hacer historia con una tercera Liga de Campeones, ha parecido, para todos los que han estado allí, todo un mundo.
El club o el propio Ronaldinho podían haber evitado esa triste imagen que escenifica la caída de una ídolo, aunque sólo sea por todo lo que ha dado a este deporte. Bien haría Ronnie en bajarse definitivamente, esta vez sí, del autocar azulgrana y coger otro rumbo a Milán. O a cualquier otro destino donde pueda recuperar su fútbol.


















